Motel Néctar [relato]

El coche entró en el mortecino aparcamiento del motel alumbrándolo a su paso. Era un Honda Civic Type R negro, con los cristales tintados. Se aproximó a la plaza de estacionamiento más cercana a la recepción, en la cual había un cartel de reservado y un destartalado coche aparcado en ella.

El vehículo japonés se detuvo junto al reservado y bajaron de él dos hombres. Uno lo hizo por la parte trasera derecha, con atuendo de camisa, americana y pantalones vaqueros. Otro salió por la parte del conductor, corpulento y vestido informal, se dirigió al maletero, tomó un par de maletas y se encaminó a un amplio apartamento situado en la tercera y última planta.

El hombre trajeado observó el herrumbroso coche, a través de sus gafas de sol rectangulares negras, apretó la mandíbula unos segundos y entró en la recepción.

La campanilla de la puerta tintineó.

Un joven apuesto estaba sentado tras el mostrador, apoyado en la mesa usando el móvil.

¿Quiere la habitación por horas o por días? ―dijo con indiferencia sin levantar la vista.

El hombre cruzó los brazos con suma lentitud, sin responder.

Pasaron varios segundos en un solemne silencio.

¿Me ha oído o es que no me entiende? ¿La quiere por…? ―dijo alzando la mirada a la vez que el aparato se le caía de las manos sobre la mesa―. S-señor… discúlpeme, no sabía que era usted… ―murmuró pálido como el nácar.

El hombre se quitó las gafas con las dos manos de forma sutil, y las depositó con delicadeza sobre un lado de la repisa del mostrador de madera de roble.

Oh, Peter… por supuesto, doy por hecho, que no sabías que era yo… Es más, espero que solo hayas tratado así a un cliente en mi ausencia, con tan mala fortuna que he sido yo y paradójicamente no ha sido en mi ausencia. ¿Ha sido… así?

Peter intentó hablar, pero solo consiguió mover la barbilla. Comenzó a temblar como si un escalofrió recorriese su cuerpo a través de su espina dorsal.

¿No habrás sido descortés con los clientes, verdad, Peter? ―dijo apoyando sus manos en el mostrador, mientras se inclinaba hacia la cara del dependiente con la mirada fija en sus claros ojos―. Sabes que el respeto es algo que valoro mucho, por lo que hemos hablado sobre él en repetidas ocasiones. A mi parecer, demasiadas…

N-n-no… no… ―dijo el joven al fin.

¿No son demasiadas o que no has sido descortés? ―dijo el hombre, de largos cabellos castaños, intercambiando su mirada entre los ojos turquesas del recepcionista y el terso y pecoso cuello.

N-no ―tragó saliva―, no he sido descortés, Señor… Ha sido un grave error, solo estoy un poco cansado, no volverá a suceder…

Te creo, Peter, te creo ―dijo con un tono carente de emoción alguna y sonrió.

¿Qué tal ha i-ido el viaje, Señor?

Agotador ―dijo cerrando los ojos mientras apretaba con dos dedos la parte superior de la nariz―, muy agotador, Peter. Y cuando llego, me encuentro… ―señaló hacia la entrada―, el coche del come coños de preescolar aparcado en mi plaza. Cuando pague ―dijo levantando la mano derecha y señalando con el dedo hacia el techo―, dile que la tarifa tiene un recargo del 100 % por estacionamiento vip. Y que si no quiere pagarlo, que lo dudo, ya sabe dónde me puede encontrar. Y, por supuesto, dile que jamás se le vuelva a ocurrir aparcar en mi plaza.

Sí, Señor… Así lo haré. ¿Puedo ayudarle en algo?

Sí. Necesito compañía y comer algo… Un vino también me gustaría, para celebrar que todo ha ido bien por Nueva York.

Vaya a su suite y le llevaré un gran reserva. ¿Quiere que me ponga algo más cómodo…?

No, Peter, no necesito que vayas más cómodo, puesto que me llevarás el vino y te volverás.

Supuse que…

Supusiste otra vez mal hoy, Peter, y ya van dos. No has estado hoy nada correcto, y sabes que ahora mismo ―dijo poniéndose las gafas negando con la cabeza―, no puedo casi ni mirarte.

Lo siento, Señor. Llamaré a Tatia…

Antes de que sigas hablando, Peter, porque veo que vas encaminado a una tercera, ¡mira la jodida fecha! ―dijo exasperando pero consiguiendo recuperar la compostura de inmediato―, en ese móvil que tanto usas y que me costó $949. Creo que calendario lleva…

El dependiente tomó tembloroso el móvil, lo desbloqueó y vio la fecha.

Señor, discúlpeme… Es 4, llamaré al Club Runic… ¿Por quién pregunto?

La puerta fue golpeada, con un ligero traqueteo, a eso de las dos de la madrugada. El hombre que con anterioridad había subido las maletas al apartamento, echó un vistazo por la mirilla y abrió despacio la puerta.

Era un joven veinteañero, delgado, ojos color turmalina, pelo dorado y trajeado sin corbata.

Hola, ¿Es usted Marc? ―dijo el joven sonriendo.

No. Pase. ―Ofreció el hombre apartándose a un lado de la puerta blindada.

La estancia estaba iluminada por una tenue luz añil de neón, que apenas permitía distinguir una figura sentada en el fondo del amplio salón.

Gracias, John. Puedes retirarte ―dijo la figura sentada en el sofá.

Estaré en mi apartamento, Señor ―dijo con una breve reverencia de mano, miró al chico y cerró con suavidad la puerta.

El joven se quedó unos segundos junto a la entrada mirando en todas direcciones. Parecía no saber muy bien qué hacer. Abrió la boca para decir algo, y, en ese momento, la intensidad de la azulada luz fue en aumento lentamente, como el amanecer en una luna de un lejano planeta que orbita una estrella masiva gigante. Boquiabierto y sin palabras, contemplaba la exquisita y moderna decoración que emergía del inmueble. Esculturas de formas imposibles y cuadros de marcos negros, con motivos geométricos, estaban colocados simétricamente por todas las paredes.

La figura acomodada en el sofá por fin se definió.

¿Marc? ―dijo el joven, señalando con sutileza al hombre sentado.

El mismo. Tú debes de ser Blake. Vamos, acércate, que por el momento, no voy a morderte ―dijo con los ojos entornados, dejando escapar una leve sonrisa.

Blake le devolvió una pícara sonrisa, quitándose con delicadeza el chaquetón que depositó sobre un sillón de cuero azabache. Tomó asiento en el mismo sofá que el hombre.

¿Te gusta lo que ves? ―dijo Marc.

¿A qué se refiere? ―dijo Blake, escudriñando con lentitud de arriba abajo a Marc.

A mi casa ―dijo trazando elegantemente un arco con su brazo.

Blake observó mueble por mueble, cuadro por cuadro, escultura por escultura.

Sí, mucho. Tiene muy buen gusto y sobre todo dinero ―sonrió―, para poder decorar a su gusto una casa así.

Cierto. ―Le devolvió la sonrisa.

Se me olvidaba ―dijo con dulzura―. El tema del dinero. Es lo primero que suelo tratar siempre, para que no haya malos rollos. La hora es a…

No te preocupes, Blake. Me da igual a cuánto sale la hora. Como si me quieres cobrar el reloj entero…

Vaya. ―Rió el joven llevándose las manos a la cara―. Nunca me habían dicho algo así.

Es normal. Nunca antes habías hablado conmigo. Y, por favor, tutéame, que no tengo edad para ser tu padre. ―Sonrió.

Está bien, Marc.

Sobre la mesa, baja y negra situada frente a ellos, había una botella, un abridor cromado y una copa de vino de fuste triangular.

Marc señaló a la botella.

¿Te gusta el vino, Blake? ―dijo a la vez que empezaba el ritual de descorchar la botella con suma delicadeza.

Sí, bastante ―sonrió con dulzura―, aunque no suelo beber vinos caros. Me suelo gastar mi dinero en ropa de marca. Es mi debilidad.

Pues, este es un gran reserva español de 1996 ―dijo mientras llenaba la copa lentamente―. Cuesta $95 y, créeme, los vale… ―Le ofreció la copa sujetándola por la base.

Oh, gracias. No estoy acostumbrado a que me ofrezcan cosas así. Me suelen invitar a una cerveza, a un cubata aguado y a veces… ni eso… Solo hay una copa, ¿tú no bebes? ―dijo bebiendo un poco.

No.

El joven miró la copa un instante, frunciendo el ceño de forma casi imperceptible.

No te preocupes ―dijo riendo con suavidad Marc―, no te he envenenado, drogado, ni nada por el estilo, precioso, es la verdad. Hace tiempo que no me sienta bien, pero siempre me encantó, por lo que me deleito al verlo beber siempre que puedo.

Blake miró la copa mientras saboreaba el trago anterior. Pareció dudar un instante, pero dio un buen trago y depositó la copa casi vacía sobre la mesa.

Delicioso… ―dijo relamiendo sus rosados labios.

Se acercó un poco más a Marc y le observó lenta, descarada y sensualmente de pies a cabeza.

¿Y qué te gusta hacer… Marc? ¿Qué te gustaría hacerme…?

Una proposición.

¿Qué tipo de proposición…?

El hombre miró al joven de ojos claros y se levantó en silencio. Entró en una habitación y trajo un objeto plano. Blake no consiguió saber con exactitud qué era hasta que Marc volvió a sentarse junto a él.

Tenía en sus manos un espejo pequeño y cuadrado de oro. El marco estaba adornado, a ambos lados de la base, con dos arboles de los que en vez de brotar ramas y hojas, lo hacían cables eléctricos, grandes llamaradas y calaveras sin mandíbulas.

Toma ―dijo Marc ofreciéndoselo―. ¿Qué te parece? Está tallado a mano.

Blake lo sujetó con las dos manos, por los extremos y la parte trasera, con sumo cuidado.

Es… extraña y perturbadoramente… bello. ¿Quién lo ha hecho?

Cuentan… que lo forjó un artesano europeo del siglo XVI. La mayoría decía de él que era un ermitaño que estaba loco, perturbado, endemoniado… Otros pocos creían que podía ver el futuro. Un futuro… apocalíptico… carente de vida tal y como la conocemos actualmente.

Algo de visionario debería de tener, para pensar en tallar cables eléctricos hace tantos siglos, cuando la electricidad no existía aún. Aunque puede que no sean eso, sino algo de la época que parezcan cables.

Muy cierto ―dijo sonriendo Marc, mientras se pasaba un dedo por el labio.

¿Qué fue de él?

Tuvo que huir de su ciudad natal y desaparecer. La gente, la cultura imperante de la época, no entendía y, por supuesto, no toleraba sus grabados. Su obra. Su arte. Sus sentimientos… Eran una herejía.

Blake se contempló unos segundos en el casi perfecto y pulido espejo.

¿Qué ves? ―dijo Marc.

Nada nuevo. ―Sonrió el joven―. Un rostro que conozco bien.

¿Cuántos años tienes?

¿Cuántos me echas? ―dijo Blake en tono travieso.

No más de veintiuno…

Veinticuatro. Cumplo veinticinco en tres meses ―dijo satisfecho.

¿Es para ti muy importante tu apariencia física, verdad, Blake?

Bastante ―dijo asintiendo y observando a Marc―. Sé que soy apuesto, aunque pienso que menos de lo que la gente me suele decir. Me gano la vida con mi cuerpo. Mi aspecto tiene que estar lo mejor posible cada día. Deporte, cremas, peluquería… esas cosas, ya sabes…

¿Si pudieras elegir quedarte en una edad de tu vida para siempre, Blake, qué edad elegirías?

El joven, sorprendido, volvió a observarse en el majestuoso espejo durante unos segundos.

Creo que me quedaría como ahora.

¿Por qué como ahora? ―dijo Marc con el dedo índice colocado sobre sus labios y el pulgar en la mandíbula.

Estoy en la mejor etapa de mi vida. Soy independiente. Hago prácticamente lo que quiero, cuando quiero, con alguna excepción, por supuesto… ―Sonrió peinándose con suavidad el flequillo―. Algunos pensarán que mi trabajo es una mierda, pero no me quejo. No sé qué me ofrecerá el futuro, pero sé que antes lo he pasado bastante mal y que llevo unos buenos años. Sí, creo que me quedaría como estoy ahora.

Si te dijera que puedo concedértelo, ¿qué dirías?

¿Concedérmelo? ¿Te refieres a no envejecer?

Eso es.

Blake lanzó una carcajada llevándose las manos a la cara. Miró a Marc y recuperó la compostura al ver que el hombre no sonreía.

¿Lo dices en serio? ¿No es una broma o un mal chiste? ―dijo extrañado el joven.

No es ninguna broma, Blake.

Pero ¿trabajas para alguna farmacéutica o alguna empresa de ingeniería genética de esas de los documentales?

Algo por el estilo, pero no ―dijo sonriendo―. Eres más inteligente de lo que esperaba, Blake. Eso es raro de encontrar.

Gracias. Pero hablando en serio… Me resulta casi imposible de imaginar, la verdad. Pero en el caso de que se pudiera, debe de ser caro, muy caro, y no tengo tanto dinero, Marc.

¿Y si te dijera que para ti sería gratis?

¿Por qué? ¿Qué sacas tú de esto? ―dijo entrecerrando sus ojos turmalina.

Solo que, cuando te llame, vengas sin objeciones de ningún tipo. Disponibilidad total y que, por supuesto, no me cobres.

¿Mi compañía gratis por quedarme congelado en el tiempo tal y como estoy? ―dijo mirándose una vez más en el magnífico espejo dorado.

Eso es, Blake.

Vale, trato hecho. Es un poco surrealista, pero de acuerdo. ―Sonrió con efusividad.

Marc le ofreció la mano. Blake la miró y las apretaron.

Así firmamos el trato, ¿no? ―dijo Blake jovial.

Así es, el trato está hecho.

Sería bonito que fuera verdad, Marc, de veras. Me lo he pasado muy bien fantaseando. Es raro. La gente que me contrata… apenas quiere conversación. No eres como la mayoría…

Marc le miró sonriendo y se levantó.

Ellos se lo pierden ―dijo mientras se quitaba la chaqueta y desabrochaba los gemelos triangulares y dorados.

Blake le observó con los ojos entornados, a la vez que se mordía el labio inferior.

¿Te apetece ir a la habitación? ―dijo Marc suavemente.

No me apetece… me encantaría… ―murmuró Blake levantándose con delicadeza.

Marc le tomó de una mano y guió al joven por el estrecho pasillo bañado por la azulada atmósfera. El hombre abrió la última puerta del alfombrado suelo y entraron.

Blake comenzó a desnudarse, quitándose primero la chaqueta. Marc se sentó en la cama al mismo tiempo que desabrochaba su camisa, negra y gris, y se deshacía de sus zapatos de piel. No perdía detalle alguno de cómo esa criatura, de blanca, fina y tersa piel, iba perdiendo la cobertura de su belleza carnal, hasta que depositó la última prenda sobre un pequeño sillón.

El cuerpo desnudo sonrió a Marc y se llevó un dedo a los labios. Lo mordió con dulzura, tan solo el extremo de su perfilada uña, mientras que con sensual timidez balanceaba todo su cuerpo.

Marc se levantó aproximándose a Blake, entrelazaron sus manos y se besaron con dulzura.

Ven a la ducha ―dijo Marc.

El hombre abrió el agua y dejó que saliera durante unos segundos.

¿Está así a tu gusto?

Blake se acercó y tocó el caudal de agua.

A ver… Un poco fría. ―Sonrió y giró un poco el grifo―. Ahora… ahora está como me gusta… un poco caliente…

Marc puso su mano en el agua. Observó durante unos segundos cómo el vapor de agua humeaba de su extremidad. Parpadeó un par de veces, como recuperándose de una ensoñación, y entró en la cabina poniéndola en modo hidromasaje.

¿Te bañas con ropa? ―dijo sonriendo Blake.

No siempre, precioso.

El joven de pezones rosados entró en la cabina.

El tiempo se ralentizó.

Los sentidos se aguzaron.

Marc se situó detrás de Blake. Apoyó su mano izquierda sobre la hermosa criatura rubia y fue deslizándola con ternura. Cara… cuello… costado… cadera… Masajeó sus tersos glúteos brillantes con ambas manos y volvió a subirlas, deslizándolas por la firme espalda, hasta llegar de nuevo a la nuca. A Blake se le escapó un ligero gemido. Una decena de chorros, de vaporosa agua a presión, golpeaban sus inseparables cuerpos. Marc sujetó, con suavidad pero con firmeza, las manos del joven y las apoyó contra la espalda de este. Acercó su cara por detrás a la de Blake y se quedó unos segundos a la altura del oído izquierdo.

La realidad recuperó su curso.

Un trato es un trato ―susurró Marc en la oreja de Blake.

Blake notó una punzada en el lado izquierdo de su cuello. Le ardía como si la lava brotase de él, y comenzó a gritar.

El agua, que por los chorros brotaba, fue tiñéndose de bermellón, como si de una fuente del mismo infierno se tratase.

Marc no se despegaba del cuello. Lo tenía atenazado por la yugular, como un león que ha hecho presa con una fuerza titánica, y hacía movimientos espasmódicos con la cabeza mientras el joven forcejeaba inútilmente y lanzaba alaridos.

El hombre, teñido por la sangrienta barbarie, levantó el rostro, con ojos rubíes abiertos hasta el exceso, y emitió un grito gutural mostrando unos colmillos largos y afilados.

Lamió a Blake los orificios que le había provocado y estos dejaron de sangrar de inmediato. Acomodó al joven inconsciente en el sillón de la cabina.

Bienvenido ―murmuró sonriendo mientras le observaba y el agua rojiza golpeaba sus cuerpos.

Escrito: 07-03-2016

Editado y revisado: 29-05-2019

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