Sed [relato]

Llevo horas caminando por este páramo, donde pequeños, desvencijados y casi pétreos árboles parecen hacerme frívolas reverencias. Por lo menos yo sigo vivo, me digo a mí mismo, como si eso sirviese de algo.

A lo lejos, un espejismo emerge con timidez, como un plateado amanecer, mostrando lo que sería una gran charca. No puede ser una ilusión, otra vez no. No sería justo, aunque la justicia tenga vedado el paso por estas tierras.

Camino balanceándome con las pocas fuerzas que me restan, arrastrando tras de mí el polvo de la desesperación. Si me desvanezco una vez más, es posible que ya nunca vuelva a recuperarme. La conciencia y mis recuerdos, junto con mi maltrecho cuerpo, se consumirán al abrigo del todopoderoso rey de luz y calor.

Paso a paso me voy cerciorando, ¡de que el espejismo no es tal! Es una charca verde, de grandes, inmensas dimensiones, dispuesta en una hondonada. Después de todo, al menos hoy beberé. Hoy viviré.

La emoción me invade, con cada trabajosa zancada. Si no fuera por la avanzada deshidratación, lloraría. Lo haría por mí y por Uk. Él no lo consiguió. Maldito… Maldito estúpido…

Hace tres días, después de la poca comida seca que pudimos encontrar y llevarnos a la boca, necesitábamos beber. Vimos una pequeña charca junto a un enclenque, solitario y enmarañado árbol gris, rodeado de abundante maleza estéril. El lugar no invitaba a la tranquilidad y, mucho menos, a saciar mi sed.

Habían llegado a nuestros oídos leyendas de una criatura que rondaba estos parajes y, desprovista del uso de la piedad, atacaba decidida y atrozmente, siempre en grupos. El nombre que le dieron: La Muerte Blanca.

«Son simples habladurías», me dijo Uk, con un gesto simple y un sonido gutural, al tiempo que comenzaba a beber el verdoso líquido de la pequeña charca.

El lugar seguía manando un veneno emponzoñado de inquietud. Todo estaba dispuesto de una forma que, el sosiego y cobijo que nos daba la escasa vegetación mustia, podría jugar la suerte de la vida o la muerte en ambos sentidos.

Uk, pese a mis repetidos esfuerzos porque buscáramos un mejor emplazamiento, se negó a partir y continuó bebiendo. Por el contrario, decidí alejarme para buscar otro lugar más apacible para calmar mi sed.

Cuando me hube distanciado bastantes decenas de metros, miré a Uk para ver cómo le iba. Parecía que todo estaba en calma. Pero solo en apariencia…

A unos metros de él, por la parte de la maleza más alta, atrás a su izquierda, las ramas se mecían con el viento seco, pero algunas lo hacían de una forma brusca y antinatural. Y fue en ese momento cuando comprendí.

Entre las zarzas y las ramas, se apreciaba con dificultad un grupo de penachos blancos, a un metro del suelo, que avanzaba con un ligero pero decidido balanceo en dirección a Uk.

Los extraños penachos continuaron su inexorable y cauto avance. Salieron del cobijo que les proporcionaban los matorrales y se posicionaron en la retaguardia de mi desgraciado amigo.

Un creciente gruñido grupal fue emergiendo tras mi compañero, el cual dejó de beber y me lanzó una mirada perdida en la lejanía que me hallaba, junto a un arbusto, donde permanecí pálido e inmóvil.

El agua rozaba sus pronunciados colmillos, mientras giraba su cuerpo para comprobar de dónde brotaba ese sonido conjuntamente depredador. Y lo que vio le produjo una súbita parálisis.

Había siete criaturas cuadrúpedas dispuestas en estricta formación de semicírculo rodeándolo, de forma que su huida fuera desesperadamente imposible. Estos seres de orejas amplias, párpados inexistentes, morro alargado y patas desproporcionadamente largas, cesaron de gruñir, se inclinaron casi a la vez sobre sus patas delanteras y comenzaron a ladear sus cabezas en un vaivén casi hipnótico.

No podía ser. No podían ser los seres de las leyendas… aquí y ahora. El destino no puede ser tan caprichoso de darnos una lección justo cuando se invoca el recuerdo de un sitoe informe y pretérito…

Uk continuaba petrificado y yo, desde el matorral en el que me había escondido, me debatía entre ir a donde se encontraba asediado y hacerles frente, o seguir mi instinto de conservación y no moverme. Era mi compañero de viaje, mi amigo. Juntos habíamos recorrido, padecido y visto tanto… Pero el deseo de supervivencia y el hecho de negarse a dejar una y otra vez la condenada charca pudieron más… pudriendo mi deseo y voluntad…

Las criaturas seguían con sus sinuosos movimientos de cabeza, en un solemne silencio casi sepulcral. ¿Es posible que estos seres solo quisieran jugar, sintiéndose atraídos por una curiosidad banal? ¿Que no fueran estas las criaturas a las que les debíamos profesar tanto pavor?

La desproporcionada criatura, situada en el centro del semicírculo, detuvo de repente el balanceo de su cráneo y emitió un rugido seco y breve. Todos sus congéneres se quedaron inmóviles y atacaron a Uk. Mi amigo intentó escapar en los primeros movimientos del furioso ataque, viendo varios posibles huecos por donde poder zafarse, pero su carrera fue inútil. Los seres empezaron a morderle todas las partes de su cuerpo, haciendo presa en sus patas y muslos para que no pudiera moverse. La sincronía del grupo era endiabladamente perfecta. Lanzaban mordisco tras mordisco a prácticamente todos los lugares de su maltrecho cuerpo, a excepción de uno… No tenían ningún interés por morderle en el cuello. Por asfixiarle antes de poder abatirle y así poder deleitarse con su cuerpo en la más absoluta calma que produce la ingesta de un cadáver con el cuello descoyuntado o desangrado por la yugular, no. Era un lujo que no le iban a conceder.

Habiéndole pulverizado casi en su totalidad los huesos de las patas, con las cuales poco podía ya arrastrarse hacia dónde sabe nadie, comenzaron a desgarrarle el vientre con los incisivos, los colmillos y las negras garras curvas. Uk comenzó a emitir berridos de tal magnitud que parecía que, de un momento a otro, se tragaría su propia lengua. Pero no ocurrió… Continuó gritando más y más a medida que los seres de pesadilla iban desmenuzándole poco a poco. Rasgaban su piel en forma de jirones una y otra vez, para exponer la carne más tierna y jugosa del interior.

Refugiado, a la sombra del espinoso arbusto, contemplaba la escena con horror, mientras descargas eléctricas recorrían mi columna haciendo temblar de forma demencial mis extremidades.

Los intestinos de Uk comenzaron a esparcirse por el ensangrentado suelo, mientras sus depredadores se increpaban entre mordiscos para llevarse el mejor trozo a un sitio tranquilo y apartado donde poder degustarlo.

Al poco, los gritos cesaron y el pelaje de las criaturas, antes claro como el ámbar, se había convertido, con cada mordisco y desgarro, en un intenso rojo ocre. Uno de los desproporcionados seres consiguió quitarle el estómago y trasportarlo, en la boca de una sola pieza, tras el árbol. Sin duda, era un gran botín con el que saciar su instinto más básico.

En mi improvisado refugio natural, al poco tiempo de comenzar la barbarie, una fragancia pestilente y densa había invadido el aire. Un hedor, mezcla de hierro, tierra removida, orina y excrementos, impregnaba la imagen demencial. Miré al suelo y comprobé que el olor a orina y heces provenía de mí.

Lo restante del cuerpo de Uk era un trozo de su raída piel, su quebrado costillar y su cabeza, a la que le habían sacado los ojos y yacía sobre un denso barrizal de sangre y vísceras.

Ni lo reflexioné, ni lo pensé dos veces. Salí de mi escondite y comencé a correr con todas mis fuerzas en dirección contraria a la repugnante charca, hacia lo más profundo del mar de arena.

Me repongo del ligero mareo, fruto de evocar recuerdos tan recientes, y desciendo acercándome a la orilla de lo que parece, a juzgar por la práctica ausencia de agua vista en la zona en días anteriores, un lago pequeño y verde.

El glauco color en la hondonada acuchilla mi memoria una vez más, a través de mis perturbados ojos. Parpadeo, cierro los ojos con fuerza y respiro profundamente. Pasará un tiempo hasta que pueda volver a ver el color verde de un modo distinto. Puede que jamás me acostumbre…

Pongo mis extremidades delanteras en contacto con el agua del solitario lago, separo con esfuerzo mis secos y ajados labios y comienzo a beber. Siento cómo el líquido trasforma mi lengua y boca en algo más propio de un ser vivo, al tiempo que una arcada recorre mi tracto digestivo. Sigo bebiendo sin parar y pierdo la noción del tiempo y del espacio.

Veo que el sol, desde que comencé a beber, ha recorrido un gran tramo en su rumbo diario, por lo que decido seguir mi camino en dirección a las lejanas montañas blancas neblinosas. Ahora sí que conseguiré llegar, gracias a la reserva de agua.

Me doy la vuelta para subir y salir de la hondonada, y lo que vislumbro me hiela la sangre. En lo alto del barranco, las siete criaturas horrendas y letales me rodean. Me contemplan. Unas sentadas, otras de pie e inmóviles y el resto dando vueltas sobre sí mismas de forma errática. No emiten ningún sonido. Solo me observan. Nos separan unos veinte pasos, pero no dan la sensación de querer acercarse lo más mínimo.

Esto carece de todo sentido para mí. A Uk le atacaron sin miramientos. En cambio, a mí me mantienen la mirada, expectantes.

Es posible que ya hayan comido. Observo de forma detenida sus pelajes y les delata no tener señales de que hayan mutilado a ninguna presa recientemente. No. La sangre, su marca de guerra, no las tiñe.

Me giro, para ver si hay posibilidad de irme nadando, y lo que veo, a escasos centímetros de mi extremidad trasera izquierda, me deja sin aliento. Una prehistórica y escamosa criatura, surgida de las turmalinas profundidades, aguarda parcialmente emergida, observándome con inusitada resolución.

Maldigo una y otra vez mi larga estancia en el lago, convertido ahora en océano. «Debí irme antes, mucho antes» me lamento con insistencia, pero ya no importa.

Entre sollozos, sigo sorprendido y horrorizado al pensar porqué aún no me ha atacado esta inmensa criatura. Cientos de posibilidades bombardean y explotan en mi mente de manera frenética. Y solo puedo llegar a una conclusión… Sabe que optaré por la única opción posible y sensata… Intuye que me internaré en el agua, entregándome a una muerte rápida, puesto que la única opción demencial sería morir en una carnicería agónica y tristemente conocida por mí.

Miro desafiante a los seres de pesadilla, y con desprecio a la criatura prehistórica. «Nadie puede elegir cómo y cuándo nacer, pero, a veces, sí cuándo y cómo morir. Uk, hermano, ¡dame fuerzas y valentía!».

Me giro con lentitud, perfilándome hacia las desproporcionadas criaturas, dando la espalda al escamoso ser pétreo. Me inclino para tomar impulso, disponiéndome a emprender mi último y feroz ataque. Comienzo mi arremetida y, al dar mi tercer paso, no puedo continuar…

Tengo el muslo inmovilizado y fracturado. Me revuelvo entre agónico sufrimiento, y compruebo que la criatura marina ha dejado la tranquilidad de sus dominios para no permitir dejar escapar a su presa. Sus férreas mandíbulas están ensartadas en mi inservible muslo. A pesar de mis repetidos esfuerzos por liberarme, mi captor hace uso de su colosal fuerza y me arrastra hacia lo más profundo y recóndito del lago.

No puedo respirar… Me traslada dando vueltas y más vueltas sobre su eje. La luz se va difuminando poco a poco en lo alto y en lo bajo de la glauca inmensidad.

No puedo respirar… me mareo…

No puedo respirar… mi conciencia se nubla…

No debo inspirar… No quiero… pero lo hago…

Escrito: 23-04-2016

Editado y revisado: 31-05-2019

© Registrado en Safe Creative

 

Donación

Si te gustan mis escritos, puedes recompensar mis esfuerzos con una refrescante bebida. ¡Gracias!

€1,00