Cenizas de la empatía: Primeros capítulos

Con motivo del inminente lanzamiento de mi primera novela, Cenizas de la empatía, el 23 de noviembre en formato digital, pongo a vuestra disposición los primeros capítulos completamente gratis.

Log 01

Un torrente de luz multicolor parpadeaba bombardeando su mente aturdida.
Sentía que la fuerza de la gravedad jamás hubiese existido.
Que ni el principio ni el fin pudiesen ser algo medible.

Su respiración, lenta y entrecortada, se aceleró de forma brusca. Con el ritmo respiratorio en su punto máximo, sintió como si inspirase diminutos clavos incandescentes y deformados que perforaban sus pulmones, pecho y espalda. Intentaba no respirar para evitar el llameante dolor, pero era inútil. No había oxígeno en sus pulmones y su cuerpo, más que demandárselo, le sometía a hacerlo.
Notó cómo un líquido, caliente y denso, manaba de su mutilado cuerpo por los cientos de heridas producidas por los diminutos objetos punzantes.
Sentía la musculatura hincharse y contraerse en violentas convulsiones, lo que rasgaba más si cabe cada parte de su ser.
Cerró los puños con tal fuerza que sintió que los nudillos fueran a desgarrarle la piel.
Por mucho que lo intentara ni olía u oía nada en absoluto. Sabía que tenía los ojos abiertos, pero solo distinguía las primarias luces de su mente.
Tras unos agónicos minutos, los haces multicolores empezaron a dar vueltas en su cada vez más dolorida y agotada conciencia.
Notaba las articulaciones retorcerse en movimientos indescriptibles. La musculatura comenzó a tensarse de forma grotesca y antinatural.
Su respiración alcanzó un ritmo demente y terminal.
Gritó pidiendo ayuda, pero no sabía si valía de algo, ni si usaba palabras que pudieran ser oídas o entendidas.
Los tendones seguían agarrotándose y contrayéndose sin descanso, como cientos de corazones en miniatura desbocados. Sentía cómo los músculos estaban al doble de su tamaño normal y las fibras continuaban expandiéndose, resquebrajándose.
Y todo cesó de forma repentina.
Ya no había haces ni confusión, tan solo sufrimiento.
Ahora notaba estar sujeto ―o atado de pies y manos―, a un pesado mueble. Una silla, quizás.
No conseguía ver nada.
Detrás, a poca distancia, nacieron unos pasos.
Ahora podía oír con total claridad. Por el eco sabía que la habitación no era de grandes dimensiones.
Los pasos se acercaban con lentitud, desviándose por su espalda a la izquierda.
―¿Quién eres? ¿Por qué… estoy atado? ―dijo con voz de hombre, mientras orientaba la cabeza hacia las crecientes pisadas.
No hubo respuesta.
Los pasos se aproximaban cada vez más hasta que, a escasos metros, se detuvieron.
Escuchó un estridente roce metálico, seco y breve.
Silencio.
Otro desagradable sonido, de abrasión y raspado metálico, comenzó unido a nuevos pasos. La presencia adelantó al hombre y se detuvo a un par de metros.
―¿Quién soy…? ―dijo una joven voz masculina con desdén―. ¿Por qué te he atado? Lo sabes, aunque no quieras pensarlo… ¿Me estás escuchando… o tan solo me oyes?
El hombre reconocía algún matiz en aquella voz, pero no sabía con exactitud cuál. Un recuerdo chocaba, se resquebrajaba e intentaba reconstruirse sin éxito en su maltrecha mente. Negaba con la cabeza, como si ese gesto ayudase a ordenar el rompecabezas mental.
―¿Q-qué? Yo no… no sé… ―dijo confuso.
―No puede ser… No me lo creo… No puedes haberme olvidado. Tú, no… Eso no está bien… nada bien… ¡Sabes quién soy, maldito sitoe!
La joven voz avanzó unos pasos y se situó frente al hombre.
El maltrecho hombre sintió dos impactos contundentes en los ojos, unidos a destellos multicolores en su mente. De cada ojo notó brotar un fluido templado que acariciaba pestañas y pómulos. Parpadeó varias veces. Sus ojos comenzaron a percibir matices cada vez más luminosos que formaban principios de imágenes reconocibles.
Trascurridos unos pocos segundos, consiguió enfocar y graduar la vis-ta.
Lo primero que vio fueron sus ropas cubiertas de sangre en la zona del vientre y la entrepierna.
El olor a hierro era intenso. A la vista le había seguido el olfato.
Pestañeó un par de veces para intentar retirar la sangre de los ojos, pero nueva sangre ocupaba el lugar de la anterior.
De reojo, observó los pies de su captor. Iba descalzo. Los dedos los unían membranas pequeñas, finas y traslúcidas. Lentamente, fue subiendo la cabeza, a la par que la mirada, hasta que consiguió ver el rostro de la joven voz, en aquella sala derruida e infectada por el moho.
Los párpados del hombre desaparecieron. Parecía reconocer al ser que tenía delante, pero sus facciones eran una completa abominación. Tenía tres rojos e inmensos ojos cristalinos, carecía de orejas y la boca ocupaba casi medio rostro. Uno de los brazos era un trozo de metal herrumbroso con pinchos y cristales en el que había incrustados pelos y pequeños trozos secos de carne y sangre.
―Ya era hora… parece que, al fin, al menos ves. Me alegro mucho, en serio. ―Sonrió el joven mostrando los dientes afilados y podridos de su desproporcionada boca.
―Pero… ¡¿q-qué estás haciendo?! ―dijo el hombre. Hizo una prolongada inspiración―. ¿Por qué haces esto? ¿Qué quieres de mí?
La joven criatura negó con la cabeza, mientras mordía el inmenso labio inferior. Movió con un espasmo el cuello y puso su cara frente a la del hombre. Su aliento era nauseabundo.
―¿Qué quiero de ti? No me lo puedo creer… Creía que empezabas a entender, pero era una vulgar y simple ilusión. ―Una baba turbia y grumosa recorría sus labios y barbilla―. Has estado cerca… una vez más… pero… ¡el hombre observador no consigue ver! No logra vislumbrar… ¡Miras, pero no observas! ¡¡Miras, pero no observas!! ¡¡¡Miras… pero no… observas!!! ―dijo con atronadora voz inhumana―. Abraza el Sombrío Reflejo de tus actos y sus consecuencias.
Con los ojos inyectados en sangre negra, el enloquecido deforme alzó la oxidada extremidad. Tomó impulso, sonrió, y lanzó un demencial golpe sobre la cabeza del hombre.
Entre una tenue luz ambarina, el hombre enmascarado despertó empuñando con gran habilidad una pistola Beretta M9A3, la cual tenía escondida bajo una chaqueta enrollada gris que hacía de almohada. Apuntó a un pequeño dron, situado junto a una pared unos metros más adelante, que comenzaba lentamente a intensificar su visor frontal anaranjado.
La cúbica máquina, de cantos redondeados, emitió unos suaves y cortos sonidos agudos, mientras extendía y alzaba sus pinzas pequeñas.
―No me dispares. Por favor ―dijo el dron, que no medía mucho más de medio metro cúbico, en tono aflautado y despersonalizado―. ¿Cómo te encuentras?
El confuso hombre, que ocultaba su rostro bajo una máscara de tela oscura como el azabache, giró la cabeza en varias direcciones.
―¿0? ―dijo el hombre bajando el arma―. ¿Qué… qué ha ocurrido? ―Se llevó la mano izquierda a la cabeza, mientras observaba con lentitud a su alrededor―. Parece… que me va a estallar la cabeza.
La estancia se encontraba invadida por un fino polvo oscuro, amontonado en rincones y superficies y suspendido en el aire como diminutos insectos planeadores, mezcla de tierra, madera, ceniza. Por la distribución y decoración debía ser el salón de una antigua cabaña. Tan solo había sobrevivido, a duras penas, del mobiliario, un agujereado armario de pequeñas dimensiones, cojo de tres patas y al que le faltaban cuatro de sus seis cajones. Junto a la puerta de entrada se hallaba otra puerta, cerrada también, pero esta tenía pintado, en color bermellón, un símbolo básico y tosco que se asemejaba a un ojo. La luz del exterior se filtraba a través de una ventana apuntalada, de las tablas podridas y carcomidas de la pared y del estrellado techo, proyectando rayos en todas direcciones. El suelo estaba casi en su totalidad levantado y combado.
El dron señaló, con la pinza derecha, a unos pequeños precintos situados junto a los pies del hombre. Este se inclinó, los tomó en su mano, y los observó.
―¿Dos? ¿Me he tomado dos comprimidos de M3D? ―dijo sorprendido el hombre.
―Eso parece. Llevabas días sin poder dormir bien.
―Pues parece que no han funcionado.
―Han hecho su función. Has dormido 2 días.
―¿Dos días? ―Se tocó la entrepierna y olió con sutileza los dedos―. Ya sé quién tiene la culpa del fuerte olor… ―dijo el hombre apretándose la cabeza con una mano, como si comprobara la resistencia del cráneo con cautela.
Un ave cantó de forma errática y lastimera en la lejanía.
0 se acercó flotando al hombre y se ubicó junto a sus pies.
―¿Era otra pesadilla verdad? ―dijo abriendo el visor por completo, que emitió una cálida luz.
―No es nada… ―dijo tirando los precintos al polvoriento suelo―. Tengo bastante sed y hambre, eso sí.
―Queda algo de agua y carne ahumada en la mochila. Come lento o podrías vomitar por los efectos secundarios de los sedantes.
El hombre rebuscó en su gran mochila negra de polímero y encontró lo que buscaba.
―¿Cómo hemos llegado a la cabaña, 0?, no lo recuerdo… ―dijo masticando un trozo de carne seca que había introducido bajo la máscara, sin apenas retirarla más allá del mentón, en un gesto aparatoso.
―Es uno de los efectos secundarios de los sedantes. Posible amnesia permanente. No más de 3 días. Deberías de saberlo a estas alturas. Por eso nunca es recomendable tomar más de una dosis por posibles complicaciones. ¿Qué es lo último que recuerdas?
El hombre bebió un poco de agua a través de la máscara.
―Nos acercábamos al Puente Huérfano para cruzarlo, creo recordar… Tengo una… una imagen en la distancia que… a medida que intento enfocarla… pierde nitidez en mi mente… Después, ya he despertado aquí.
―De eso hace 2 días y 13 horas. ¿Tienes arcadas o la sensación de tener el estómago descompuesto?
El hombre negó despacio mientras tocaba su vientre.
―Excelente noticia. Con menos efectos secundarios menos preocupaciones ―dijo 0 alzando las pinzas. Se posó a un costado del hombre y atenuó su luz emisora.
El enmascarado rebuscó en la mochila y sacó una robusta tableta electrónica gris, algo desvencijada, y la conectó. La pantalla parpadeó un par de veces y en cuestión de segundos tenía el menú principal a su disposición. Letras azules sobre un fondo negro iluminaban su máscara.
―¿Qué haces amo? ―dijo el dron observando la pantalla.
―Te he dicho muchas veces que no me llames así ―dijo en tono apacible―. Compruebo lo habitual. A ver… La batería está al 43 %, autonomía aproximada de unos seis días, bien.
Verificó que tenía dos mensajes en la bandeja privada de ProxiTxt. El primero era de Rídianh. En el recuadro del asunto ponía: La gente te sigue echando en falta. El otro, de Lakáaip, mostraba: Vuelve, por favor… Borró ambos sin leer el cuerpo de los mensajes y comenzó a ver el contenido disponible general de proximidad pública.
―Vamos a ver, 0, qué tenemos por aquí.

∆ Vendo machete muy afilado sin apenas uso […].
∆ Compro filtros de agua poco usados […].
∆ Se sigue buscando a joven desaparecida. Cualquier información […].
∆ Únete a los Hermanos del Ojo Invertido Perpetuo. Descubre el genuino camino hacia la […].
∆ Busco chochete que quiera pasar un buen rato. Yo estoy bien dotado […].
∆ Bendo rayos ambarinos de calidad. Veras el peazo subidon imcreivle […].
∆ Soy El Gran, Único y Verdadero Hussi. Sano todas las enfermedades y expulso maldiciones desde […].
∆ Compro niño de no más de 10 años por balas o cloro. Total discreción […].
El hombre se llevó la mano izquierda al rostro. Un visible temblor recorrió su cuerpo.
―¿Ocurre algo? ―dijo el dron apoyado junto al hombre.
―No es nada, 0… ―Hizo una pausa―. 683 kilómetros, demasiado lejos ―susurró el enmascarado con la respiración acelerada.
Continuó ojeando decenas de mensajes más. Su dedo índice parecía negarle a la gastada pantalla con gesto rítmico. Se detuvo en un mensaje y lo pulsó.

∆ Soy el responsable y regente del País del Viento Ámbar. Desde hace meses, estamos sufriendo un pequeño y desagradable contratiempo que deseamos sea resuelto, lo antes posible, por alguien dispuesto, resolutivo y discreto. Su eficacia será recompensada con creces.

―Aquí parece que hay algo, 0 ―dijo más calmado.
―¿Estás seguro?
―Creo que sí. El texto no ahonda en detalles ni va al grano, pero parece ser un grito de auxilio.
El obturador lumínico del dron titiló casi de forma imperceptible.
―¿De cuándo es el mensaje?
―De hace nueve días y aún no lo han actualizado. Es muy probable que nadie vaya a responder al llamamiento. No tienen opción de respuesta privada en el ProxiTxt y el País del Viento Ámbar está en un territorio que la mayoría evita.
―La mayoría menos nosotros.
―Por eso mismo, iremos… Además, no sabemos si es la primera vez que ponen el mensaje. Podrían estar intentándolo meses.
―Si así lo deseas estamos a unos 2 días de distancia yendo en el dos ruedas.
―¿Solo a dos días? ―dijo extrañado el hombre―. ¿Tanto nos desviamos del puente?
―Sí pero tenemos provisiones para varios días. Recargué las baterías del dos ruedas y la mía mientras dormías.
―A ver, diagnósticos de ambos ―dijo el enmascarado apartando la mirada de la azulada pantalla―. Baterías.
―El trasporte tenía la batería recargada al 96.8 % y su integridad estaba al 78.4 % cuando la comprobé ayer. ―El visor parpadeó de forma intensa emitiendo luces ámbares, violetas y glaucas que lograron iluminar la pequeña y mortecina sala―. Mi batería se encuentra al 87.2 % de duración y al 32.1 % de integridad.
El hombre hizo una mueca, visible incluso bajo la oscura máscara de tela.
―Tenemos que hacer algo con tu batería. El límite de seguridad se encuentra muy próximo, 0. Me preocupa que falles cuando más necesite tu ayuda. Hay que encontrarte un repuesto. Veré si en ese país ―dijo tocándose el labio superior enmascarado― tienen un par de recambios.
―¿Un par?
―Sí… nunca sabes cuándo puedes necesitar un recambio.
―Mis baterías son raras y caras de conseguir.
―No pienso abandonarte y que un chatarrero intente usar tus piezas para construir vete tú a saber qué.
―Por un momento creía que no querías abandonarme porque procesabas algo parecido al amor o al cariño hacia mí.
El hombre pareció sonreír bajo la máscara. Guardó la tableta en la oscura mochila, se puso en pie, inspeccionó el cargador de la pistola ―estaba lleno―, e insertó la Beretta en la funda de su pernera derecha. 0 lo observaba con detenimiento y expectación, siguiendo cada uno de los movimientos.
―Vamos, 0 ―dijo el hombre caminando hacia la desconchada puerta gris de entrada, mientras el suelo podrido y viejo crujía y se pulverizaba bajo su decidido paso.
El hombre se detuvo ante la puerta y se giró hacia una ventana que, situada a la izquierda, quedaba a su alcance. Trazó un círculo con el dedo índice, retirando a su paso la suciedad gris acumulada en el opaco cristal. Después, dibujó una línea horizontal dividiendo la esfera. El semicírculo inferior lo dividió con otra línea vertical y salió de la casa. El dron contempló la figura que había esbozado.
El exterior de la cabaña se encontraba en mejor estado de conservación que su interior.
Un bosque de imponentes árboles, de quebradiza corteza marrón y escasas hojas puntiagudas verdes y blancas, rodeaba el desvencijado refugio de madera que antaño fue el hogar de alguien.
El calor era sofocante, incluso al amparo del porche semiderruido. El sol proyectaba diminutas sombras.
―¿Temperatura, 0?
―39.4 ºC.
―¿Había algo de valor en la casa? ―dijo mientras se ponía unos desgastados mitones grises de piel de incierto animal.
―Pegados con cinta bajo uno de los cajones había 3 sobres de ProtN9 en un estado más que aceptable. Los metí en la mochila junto a los otros.
―Buen hallazgo, cada vez son más difíciles de encontrar. ¿Algo más?
―Nada más de valor ni que desearas ver.
El hombre giró despacio el cuello hacia el dron, situado a la altura de sus rodillas, y lo observó. Este también rotó, lo contempló con el visor y esperó.
―Está bien ―asintió lentamente el enmascarado―, ¿dónde está el dos ruedas?
―Junto a ese arbusto ―señaló con una de las pinzas―, bajo esas ramas que le puse encima.
El hombre retiró la maleza seca y lo descubrió.
El vehículo consistía en una tabla de polímero antideslizante, de color verde oscuro, situada a escasos centímetros del suelo y flanqueada por dos ruedas negras de tacos.
―Vamos, 0, tenemos camino por recorrer ―dijo subiendo al trasporte.
Se inclinó con delicadeza hacia delante y comenzó a desplazarse sin ningún tipo de sonido audible, a excepción del procedente de la rotura de las hojas y las mustias ramas que iba atropellando y haciendo añicos a su paso.
El dron observó la cabaña por última vez y siguió al enmascarado a cierta distancia, levitando y rotando cada cierto tiempo.
El bosque enclenque y seco no ofrecía ninguna oportunidad al hombre para que pudiera abastecerse.
Pasados varios minutos, recorriendo la linde de un camino de cantos rodados, seguía sin haber rastro de agua en lo que debería ser, en apariencia, el cauce de un río. Por el estado de la vegetación que los rodeaba, hacía tiempo que no llovía. Demasiado.
Salvo algunos tímidos cantos y silbidos de aves, no parecía haber vida que pudiera ser arrebatada y consumida.
El cielo era de un perfecto azul marino. Las nubes parecían celosas de desplegarse por aquel paraje dominado por el todopoderoso sol que brillaba en lo más alto, abrasando y resecando todo lo que pudiera tocar con los tentáculos cálidos e invisibles.

Tras unas horas de constante avance, el hombre observó cómo, a lo lejos, entre los árboles, se acercaba el final del raquítico y punzante bosque sin vida.
Traspasaron el último árbol y llegaron a un camino de tierra fina y anaranjada. El hombre desmontó del dos ruedas.
―Esperaba que el bosque no fuera tan extenso ―dijo el enmascarado, haciendo ejercicios de estiramientos en piernas y brazos―. ¿Izquierda o derecha? ―Miró a ambos lados.
Cualquiera de las dos direcciones del camino conducían a una desolada inmensidad de arena sofocante e infinita.
El visor de 0 parpadeó de forma frenética pero breve.
―Izquierda. Tomando la derecha lo más próximo es el Cruce del Tridente a un día de viaje.
El hombre observó el camino que no tomarían y reanudaron el viaje en la dirección que había sugerido la flotante máquina.

 

Log 02

Avanzaban en fila y siempre a cierta distancia.
El vehículo levantaba una ligera y constante nube de polvo anaranjado que envolvía y ocultaba parcialmente al dron. A veces, alguna pequeña piedra salía proyectada por una de las ruedas y le impactaba.
Recorridos varios kilómetros, por la misma interminable recta desértica que habían tomado al dejar el bosque, la esfera metálica se elevó varias decenas de metros. Su visor se alargó 19 centímetros de forma telescópica, emitiendo un ruido parecido al de un insecto volador, y volvió a descender con rapidez.
Se acercó a toda velocidad a la espalda del hombre, girando en horizontal sobre su eje, alargando y contrayendo el visor de forma espasmódica.
―Detente. Más adelante viene alguien.
El hombre detuvo el trasporte de inmediato, inclinando el cuerpo hacia atrás.
―¿A qué distancia? ¿Es una amenaza?
―Se encuentra a menos de 5.372 metros. No lleva ningún arma a la vista. No parece una amenaza potencial.
El hombre observó en derredor.
Kilómetros y kilómetros de minúsculas zarzas punzantes y secas estaban desperdigadas sobre la brillante y ambarina tierra del desierto.
Matorrales esféricos y resecos color cobrizo, de un tamaño semejante al de 0, se desplazaban rodando con los escasos golpes de viento recalentado.
Árboles huérfanos, enfermos, muertos y blancos, sin una gota de savia, con el único y lejano recuerdo de una hoja y raíz viva que los pudiera haber alimentado, se hallaban ensartados en la tierra como picas.
―No hay dónde esconderse y no vamos a desviarnos del rumbo más corto, 0. Seguiremos el camino. Aléjate lo máximo que puedas a mi derecha, hasta que no seas visible, y avanza paralelo a mí. Una vez haya adelantado al viajero, y este se encuentre a una distancia prudente, vuelve.
―Correcto ―dijo el dron girando y alejándose hacia el vaporoso horizonte.
El enmascarado se ajustó la mochila, la funda de la pistola, y reanudó su avance.
A los pocos minutos, vio cómo el minúsculo punto del horizonte iba tomando una forma definida y humana. Irguiéndose un poco, redujo la velocidad.
Desde las alturas, se podía apreciar cómo los dos insectos humanos iban acercándose lentamente por la misma desértica ruta de paso.
A cierta distancia, el enmascarado volvió a reducir su velocidad. Comprobó que el viajero era un hombre de mediana edad, vestido con ropa ligera de tonos claros.
A unos cincuenta pasos de distancia, ambos se detuvieron.
El hombre de mediana edad, pelo gris y nariz asimétrica miró un par de veces hacia atrás. Tomó aire y levantó los brazos a la altura de los hombros.
El enmascarado alzó también los suyos y volvieron a avanzar.
Cuando se hallaban a tan solo unos quince pasos, el hombre enmascarado comprobó las duras facciones del viajero de pelo cano. Vio que le faltaban dos dedos de las manos, los dos pulgares.
A cinco pasos de distancia, el tullido se detuvo y el enmascarado le imitó.
―¿Viajas solo? ―dijo el del pelo cano, con la cara empapada por el sudor.
―Así es.
―He visto algo antes cerca de ti ―señaló a la lejanía de forma imprecisa―. Algo que se movía… ¿Vais a matarme y robarme?
―No. ¿Por qué iba a hacerlo? No me ha dado motivos.
―Como está el mundo, ¿hacen falta motivos? ―dijo el tullido, mirando al suelo.
―A mí, sí. Y de bastante peso. ―Ladeó un poco la cabeza―. ¿A usted, no?
―Sí, a mí también ―asintió.
―También es cierto que para que la vida continúe, algo o alguien debe de morir, es inevitable. Una planta… un animal… una persona… Es un ciclo. La cuestión es dónde poner el límite de la vida que arrebatas y por qué. Toda acción tiene un precio ―dijo el enmascarado haciendo círculos con los pulgares―. Usted ha pagado ya el suyo. ¿Valía la pena lo que terminó costándole?
―No… en absoluto… Un momento… ―dijo arrugando el ceño―. Eres… ¡Tú eres uno de esos…! ―dijo sorprendido a la vez que bajaba poco a poco el brazo.
―Cálmese y vuelva a levantar el brazo ―dijo en tono firme, bajando con sutileza su brazo derecho.
―Hace tiempo de aquello… A-apenas había luz… todo era confuso… pero… ¡iba vestido igual que tú!
―No sé cuáles fueron sus circunstancias, pero no soy esa persona. No tengo nada contra usted. Relájese y ninguno saldremos herido.
―¿Seguro? ―Los ojos del amputado brillaban y las yemas de los dedos rozaban el bolsillo del pantalón―. Por favor… n-no quiero problemas.
―Le doy mi palabra, que es como mi propia vida.
―Vale… de acuerdo… ―Volvió a levantar despacio los brazos.
Silencio.
―Me llamo Curéedi ―dijo el tullido, relajando el rostro. El enmascarado permaneció en silencio―. ¿Y tú?
El hombre descendió del vehículo y tomó asiento en el suelo, manteniendo los brazos alzados.
―Mi nombre, en este caso, solo me corresponde a mí saberlo. Siento ser tan brusco. Podría inventarme uno y dárselo, ya que es posible que jamás volvamos a vernos, pero no es el caso, no soy así.
El solitario y amputado viajero dio un paso, se quitó despacio la mochila, y se sentó sobre la arena caliente.
―Entiendo… Bueno, ya que no me das tu nombre, tendré que darte yo uno al menos. ¿Puedo llamarte… Pasado…?
―¿Por qué?
―Me recuerdas a mí hace mucho tiempo. Cuando era… algo seco y un poco borde.
―Está bien ―dijo moviendo la cabeza―. Creo que, después de la toma de contacto, podemos bajar ya los brazos, ¿qué le parece?
―Vale ―dijo Curéedi bajándolos, mientras miraba con cautela los de Pasado descender―. ¿Puedo sacar agua de mi mochila?
―Sí, pero con la mano izquierda y despacio.
El tullido abrió torpemente las anclas de polímero de su mochila marrón y metió la mano hasta el fondo. Pasado llevó la mano derecha al muslo, sin que el hombre pareciera percatarse. Curéedi sacó un recipiente trasparente con un líquido turbio. El enmascarado retiró su mano del costado.
―Relájate, Pasado ―dijo intentando abrir el recipiente con dificultad―. ¿Crees que sería tan estúpido de intentar hacerte algo?
―La estupidez y la desesperación llevan a cometer acciones difíciles de anticipar y comprender. Confío en lo que hace, no en lo que dice.
―Llevas razón ―Sonrió ofreciéndole, con ambas manos, la gastada botella medio vacía. Pasado la rechazó haciendo un gesto de cortesía con la mano.
―¿De dónde viene?
―Del País del Viento Ámbar. ¿Podrías tutearme, Pasado?
―Como quieras, Curéedi.
―Gracias ―sonrió―, tú, ¿de dónde eres?
―De más allá del Puente Huérfano.
―Vaya, son tierras peligrosas y un largo viaje. Aunque con ese vehículo debes de ir bastante rápido. Se ven ya muy pocos iguales que ese. En un estado así de conservación, ninguno…
―Soy muy cuidadoso con mis cosas ―dijo mirando a su vehículo―. ¿Qué puedes contarme de tu país? Parece que tenéis problemas.
―¿Por qué lo preguntas?
―Me dirijo hacia allí. Corren rumores y me gustaría conocer una opinión reciente sobre qué ocurre.
―Pues sí, desde hace tiempo hay problemas. Bueno, como en todos los asentamientos, supongo. Si no nos intentan atacar los saqueadores, lo hacen las criaturas, y si no ya se encarga Yuznóral de jodernos de mil formas diferentes. ―Bebió agua―. Pero, últimamente, está ocurriendo algo bastante distinto… Está desapareciendo gente y nuestro líder dice que no hay de qué preocuparse, que son casos aislados. Dice que es gente que está harta del país que se ha ido a probar suerte en otros asentamientos. Chorradas… Menos en Ciudad Neural, no hay mejores oportunidades en ningún otro sitio, y allí nadie consigue entrar así como así. O tienes algo que ellos necesiten… o no entras. Además, todos los lugares son una pocilga, te encuentres donde te encuentres… Esa gente no ha ido a ningún sitio, de eso estoy seguro. Ya lo creo que sí.
―¿Por qué estás tan seguro?
―Todos eran guardias, y de los mejores disparando.
―¿Y eso qué tiene que ver? Si eran buenos guardias, con gran habilidad de disparo, más motivo para intentar mejor suerte en la capital, ¿no?
―En mi país, si posees buena puntería y eres de La Guardia, tienes aseguradas todas tus necesidades básicas. Provisiones de agua y comida garantizadas a diario. Una casa decente y suministros médicos. Son personas que siempre están patrullando la muralla y las zonas más peligrosas fuera del país. Se exponen mucho y las recompensan bien. Son consideradas… héroes… ―dijo mirando absorto sus manos. Sus ojos parecían haber devorado los párpados. Pestañeó y se recuperó del trance hipnótico al que había sido inducido por sus propias palabras. Miró a Pasado y le sonrió de forma artificial.
El enmascarado negó despacio con la cabeza e inspiró profundamente.
―Si no se han ido a ningún sitio, ¿dónde crees que están?
―No lo sé. Puede que escondidos. Tal vez en La Reserva. Quizá muertos… Todos los desaparecidos patrullaban La Reserva.
―¿La Reserva?
―Es un lugar a unos kilómetros del país. Nuestro líder dice que hay que proteger no sé qué. Pero para mí, y mucha gente, no tiene ningún sentido ―negó con la cabeza.
Silencio.
―¿Qué haces viajando solo, Curéedi?
―Tenía que irme… no aguantaba más allí.
Una tímida ráfaga de aire recalentado jugueteó con los cabellos canos del hombre.
―¿No esperaste a viajar en una caravana?
―No tengo mercancía para pagar el pasaje. Son muy caros.
―Conmigo has tenido suerte… pero quizás el próximo o las próximas no sean…
―No te preocupes, Pasado, la suerte favorece a la mente preparada. ―Sonrió tocándose varias veces la sien con el dedo índice derecho.
―¿La suerte?
El ardiente astro observaba, desde las alturas, a los dos extraños sentados en la inmensidad del fuego hecho polvo.
―Dudo ―continuó― que tu mente preparada pueda defenderte de algo o alguien que quiera atacarte. Apenas puedes beber agua sin que te resulte una tarea de malabares. Ni que decir tiene… empuñar un arma y usarla… Y esa es otra cuestión… no puedes usar pistolas, por lo que solo emplearás machetes o cuchillos… los cuales una vez utilices e impacten contra algo, ya sea carne o metal, terminarán cortándote o cayéndose de tu mano ―señaló a la mochila de Curéedi―. Tu bolsa está parcialmente plegada, lo suficiente para notar que no llevas ningún machete de gran tamaño. Antes te has llevado la mano a tu bolsillo derecho, lo que me hace pensar que tan solo portas un cuchillo o una pequeña navaja. Todo esto se reduce a que o huyes de algo, o eres un suicida. Y… a fin de cuentas… las dos opciones son huir…
El tullido observaba al enmascarado con la boca medio abierta y las pupilas dilatadas.
―E-eso… ¡Eso a ti no te importa!
―Es cierto. Perdona mis modales, Curéedi ―dijo rascándose el cuello por encima de la máscara.
El canoso entornó los ojos y miró al enmascarado. Abrió la boca, pero volvió a cerrarla sin decir nada. Guardó la botella en la mochila, sin hacer movimientos bruscos, y volvió a abrir la boca.
―Tu máscara… ―dijo tosiendo y pasando la mano por su rostro―. ¿Por qué la llevas? ¿Por rito? ¿Te gusta? ¿Te obligan…?
Silencio.
―Eso tampoco es de tu incumbencia… Bueno ―dijo alzándose despacio―, creo que es momento de retomar cada uno su camino.
Curéedi también se incorporó y se puso la mochila.
―Un placer conocerte, Pasado ―dijo ofreciéndole la mano.
El enmascarado alargó el brazo y apretó el antebrazo del amputado.
―Te recomiendo que salgas del camino, Curéedi. Es mejor que te alejes lo suficiente de él. Nunca son seguros, y menos en soledad.
―No. ―Sonrió y puso la mano en el hombro de Pasado.
―Es más seguro, ¿por qué no?
―Porque es… mi camino… pasado, presente y futuro…
Volvió a sonreír por última vez al enmascarado y retomó su viaje por la anaranjada, calurosa y polvorienta travesía.
Pasado observaba cómo, paso a paso, el tullido iba empequeñeciendo en la lejanía del mar de arena ámbar.
Comió un bocado de la dura carne ahumada y sorbió un poco de agua. Se ajustó la mochila, comprobó el cargador de la Beretta ―continuaba lleno―, y volvió a subir al dos ruedas.
―Suerte ―susurró―. Espero que, si existe, la tengas en abundancia y nunca te abandone… ―Se inclinó hacia delante y volvió a emprender su viaje.
Avanzados cientos de metros por la perpetua ruta, 0 apareció descendiendo por el ondulante horizonte arenoso y se unió a la marcha del enmascarado.
―¿Cómo ha ido? ―dijo el dron, rotando el visor hacia donde Curéedi se dirigía.
―Ya sabes cómo ha ido.
―¿A qué te refieres?
Observó al dron y suspiró.
―El hombre venía del País del Viento Ámbar.
―¿Has averiguado algo?
―Sí. Parece que está desapareciendo gente. Dice que su líder no les da muchas explicaciones, que no tienen de qué preocuparse.
―En el ProxiTxt que puso su líder parecía que era justo lo contrario.
―¿Te extraña? No será el primer líder que no informa de la desaparición o muerte de su mano de obra. Él dirá que es por no alarmar a la población, pero no hay mayor alarma que dejar sordos y ciegos a los habitantes ante la realidad del día a día.
―¿Mano de obra? Debe de darle importancia a las desapariciones si pide ayuda por ProxiTxt. Con el mensaje público se expone a que acudan todo tipo de personas en busca de fortuna y la situación empeore. Eso solo lo hace alguien desesperado. Habrá sumado los pros y los contras llegando a la conclusión de qué es lo mejor para ellos. A mí me parece que sí se preocupa por su gente.
―Quizá sea lo mejor solo para él…
―Quizás no. Aún no podemos saberlo. Debes intentar no generalizar. Todos los jefes de los asentamientos no se preocupan únicamente de su enriquecimiento personal. Hay auténticos líderes. Pocos. Pero hemos visto algunas veces que los hay. Gente que guía a otros para que saquen y aporten lo mejor de sí mismos en beneficio de todos. Cada vez parece que son menos. Que se esconden o hayan perdido el rumbo. Pero siempre pueden volver a orientar como veletas a los turbulentos y tempestuosos vientos que azotan el interior de cada uno.
―Cierto… ―dijo el hombre tras un breve momento de reflexión―. Pero son palabras más bonitas que reales, 0. El agua a una planta le da la vida, la necesita. Poca… no es suficiente y esta acaba secándose. Mucha… termina ahogándola. Con el poder, y las personas que lo poseen, pasa algo parecido pero peor… Esas personas son plantas que cuanto más agua han bebido… más quieren… más creen necesitar… Y, con el tiempo, terminan por idear y hacer las peores atrocidades imaginables para conseguirla… Lo peor de todo… es que ellas terminan pudriéndose también, lentamente, en esa búsqueda… y marchitando a otras.
―Es una suerte que toda la gente no sea así.
―La mayoría de la gente es realista. Busca un equilibrio entre necesidad y ambición. Si esas personas han recibido una mínima y buena educación, tendrán unos límites bien definidos y comprendidos para poder relacionarse en un mundo civilizado. Pero el mundo de hoy en día… cada vez es más incivilizado, 0… Cada vez hay más plantas estranguladoras que solo quieren apropiarse, a cualquier precio, del sol y el agua de los demás. Recuerdo que… antes había más educación en las personas, o eso creo. Es extraño… lo recuerdo como si hubiera sucedido hace una eternidad, pero no tengo tanta edad para recordarlo de esa forma… El mundo de hoy en día le hace a uno pensar, sentir y hacer cosas… cosas que no deberían suceder.
―Está en la naturaleza humana cumplir cíclicamente metas cada vez más ambiciosas. Las palabras equilibrio y ser humano nunca parecen casar bien. Incluso si esas personas tienen educación. Balancearse a uno mismo es de las metas más complicadas de la vida.
―Muy cierto, 0. El problema viene cuando la ambición de una persona, ese desequilibrio, golpea, machaca y extermina la existencia de otra, tan solo por creer necesitar acaparar más y más… O porque su cerebro corrompido quiere verte sufrir para su disfrute y deleite… Sea como fuere, 0, hablando ambos, poco vamos a cambiar el curso de las cosas.
―¿Me menosprecias?
―No, solo soy realista. Eres un dron de protocolo, una vetusta máquina de un tiempo anterior e incierto… Poco puedes hacer.
0 observó al hombre, aminoró la velocidad y quedó detrás de él. Este negó varias veces con la cabeza.

El árido día trascurrió.
La infinita y polvorienta recta no daba señales de que fuera a terminar en los próximos kilómetros, pero la escasa y mustia vegetación diseminada empezaba a modificarse. Con mayor frecuencia, comenzaron a aparecer frondosos matorrales pardos y plantas alargadas verdes, de hasta dos metros de altura, de las que sobresalían multitud de pinchos blancos y marrones.
―¿Qué son, 0? ―dijo el enmascarado, señalando a las plantas sin detener su avance.
El redondo obturador, de la pequeña máquina flotante, centelleó con intensidad, emitiendo ráfagas de blanca luz. Con un agudo sonido, las ráfagas cesaron. Un led azul, bajo el obturador, se encendió y al poco se desvaneció.
―Son cactus. Unas plantas increíbles. Soportan las sequías y las temperaturas más extremas. Almacenan agua en su interior y la racionan de forma extraordinaria. Así consiguen sobrevivir hasta un año sin suministro externo de agua. Sus pinchos o púas actúan de defensa frente a los depredadores.
―Curiosa planta…
―Algunos poseen también veneno en el interior y en la punta de las púas.
―Me caen bien ―dijo gesticulando una leve sonrisa bajo la ajustada máscara negra.
Tras seguir avanzando un breve periodo de tiempo, el hombre miró a su derecha y divisó, en la lejanía, un cactus de dimensiones colosales.
Abandonaron el camino y se dirigieron hacia donde se hallaba.
Una vez en su base, a pocos pasos de distancia, bajó exhausto el enmascarado del dos ruedas y contempló, desde la imponente e inmensa sombra alargada, la titánica planta. Debía medir más de ocho metros de alto y doce de ancho. Decenas y decenas de troncos verdes y morados brotaban de la abrasadora tierra ámbar, entrelazándose y formando la mitad de una esfera peluda y mortal.
―Da la sensación que desee que alguien se adentre bajo su grandiosa existencia… Bajo su sombra y protección… ―susurró mientras desenfundaba la pistola con delicadeza.
El hombre rodeó la estructura.
Vio una abertura por la que una persona agachada parecía poder acceder a su interior.
Avanzó y se detuvo a escasa distancia de la afilada entrada. Intentó observar el interior de la descomunal planta, pero la luz era casi incapaz de filtrarse, lo que hacía reinar una penumbra antinatural ajena a ese ardiente e iluminado páramo.
Sacó una pequeña linterna de la mochila y bombeó varias veces la diminuta palanca que sobresalía del mecanismo.
0 lo seguía unos metros más atrás.
El enmascarado apuntó con la broncínea pistola hacia la entrada. Le hizo una señal al dron, señaló a sus enmascarados ojos y realizó varios círculos con el dedo índice.
La máquina dio la vuelta, extendió su visor telescópico y comenzó a pivotar en giros de 180º.
El hombre encendió la pequeña linterna, la colocó bajo la pistola, sujetándola con el puño, y avanzó apuntando y enfocando hacia la oscura entrada de la cueva vegetal.
Andaba con pasos cortos, lentos pero decididos.
El rayo de luz blanca, proyectado por la linterna, penetraba en la punzante estructura, revelando el intrincado y acerado interior.
Justo en el borde de la entrada, el enmascarado percibía el frescor que manaba de su interior.
Se agachó, entró, recorrió un reducido túnel y se detuvo en el umbral de la abertura.
Hizo un rápido barrido enfocando aquí y allá. El coloso era hueco por dentro.
No había nadie ni nada que pudiera ser un peligro.
Apuntó hacia el suelo y vio restos de pequeños huesos y envases rotos de varios colores.
Algo brillaba casi oculto por un trozo de polímero. Se acercó.
Era una navaja desgastada de madera negra. Se inclinó y la tomó. Observó que tenía una inscripción en el mango.

Feliz 50 cumpleaños Curéedi

―Joder… ―dijo sentándose con fuerza a la vez que agachaba la cabeza.
Permaneció así un buen rato, hasta que pareció recobrar la noción del tiempo.
―Entra, 0 ―dijo alzando la voz sin llegar a gritar.
El dron apareció por el lado derecho del espinoso y denso pasillo de entrada.
―Vaya. Es agradable y hay 6.2 ºC menos que en el exterior. Extraordinario. Lo vas a agradecer aunque ya esté el sol descendiendo.
―Sí. A veces… pienso que te inventas la mitad de la información que me das.
―¿Y eso por qué?
―Porque eres una máquina, no sé cómo funcionas, sueles dar información difícil de contrastar y otras veces… imposible…
―Si es por eso no te preocupes.
―¿Por qué no? ―dijo alzando la cabeza hacia el dron.
―Porque yo pienso lo mismo de los humanos.
―Esa es buena, 0, muy buena ―dijo agitando y señalándolo con la navaja.
―¿Qué es eso?
―¿Esto? A estas alturas, será la antigua navaja de un hombre muerto…
El hombre desplegó la navaja y pasó el pulgar contra el filo. No le raspó en absoluto. Cerró la navaja, emitió un leve bufido, y la guardó en la mochila.
―¿Qué quieres hacer? ―dijo el dron, observando el interior de la enmarañada cúpula.
―Descansaremos aquí. Sitúate en modo alerta en la entrada. Comeré un poco y dormiré. Pon una alarma para ocho horas. ¿Cómo vais de batería el dos ruedas y tú?
El hombre sacó de la mochila un poco de carne ahumada bastante dura y una botella con algo de agua.
―Bien. Tenemos suficiente autonomía para varios días aún.
―De acuerdo. Os recargaré más adelante. ―Dio un bocado al casi momificado alimento―. Mete el vehículo, hazme el favor. Estoy consumido…
Enrolló la chaqueta y la colocó en el suelo. Comprobó las balas de la pistola ―llenaban por completo el cargador― y escondió el arma bajo la incómoda almohada. Sacó de la mochila un comprimido de M3D, se lo metió en la boca, introduciendo la mano bajo la máscara de tela sin quitársela, y dio un buen trago de agua.
―Sabes ―dijo el dron que todavía lo observaba―, es más cómodo comer y beber si te quitas la máscara. ¿Hace cuánto que no la limpias? Seguro que si la dejas en el suelo se pone en pie y sale corriendo hacia…
―Ahora no, 0… Ahora no estoy para… ningún… ―dijo desplomándose a un costado.

Un leve toque.
Otro.
Y uno más. Este último lo sintió con fuerza en el labio.
El hombre despertó, como una bombilla encendida por un interruptor. Se incorporó parcialmente y otra piedra pequeña volvió a impactarle, esta vez en la parte superior de la cabeza.
0 le lanzaba piedras diminutas desde la entrada.
Se quedó observando al dron mientras se incorporaba.
―Ya estoy despierto, ¿no lo ves…?
―Tenía que asegurarme ―dijo tirando las piedras restantes al suelo.
―¿Hoy estás más gracioso que de costumbre?
―Eso deberías de considerarlo tú.
Silencio.
El enmascarado permaneció un rato sin moverse, contemplando al dron.
―¿Por qué me has despertado así?
―La última vez no sé si recuerdas que me apuntaste con tu arma estando bastante desorientado. Quería evitar que me volaras la oxidada tapa que protege mi interior.
El hombre recuperó la pistola bajo la chaqueta y apuntó al dron.
―No lo vuelvas a hacer, 0, o te prometo que la próxima vez no podrás evitar nada ―dijo con calma pero severo―. No me gusta que me despierten así, ya lo sabes. Emite un sonido la próxima vez.
―Recibido.
El enmascarado tomó la linterna y se aproximó a la pared de púas. Medían el doble que un dedo suyo. Alzó la mano, extendió el dedo índice y fue acercándolo a una púa que sobresalía del resto.
―Lleva cuidado ―dijo el dron al acercarse junto a él.
―¿Por qué?
―Es de los que te caen bien.
Bajo el sol recién nacido, volvieron a emprender el viaje por el camino recto y perpetuo, hacia el arenoso y ondulante infinito.
El hombre no paraba de sudar. Sacó la botella de la mochila sin detenerse. Dio un buen sorbo, se enjuagó la boca y tragó. No le quedaban más de tres o cuatro dedos de agua.
En la lejanía, charcos y lagos de vaporosa agua cristalina emergían sin poder ser nunca alcanzados. Parecían desvanecerse, esconderse o evaporarse a voluntad. Desaparecían tan pronto como volvían a aparecer.
El calor del mediodía seguía en aumento.
Las zarzas cada vez eran más comunes y abundantes.
Tras varios kilómetros, los primeros árboles, vivos en apariencia, hacían acto de presencia, diseminados de forma aleatoria.
―¿Cuánto falta, 0?
―77.2 kilómetros si mis datos son correctos.
―En 77 kilómetros lo comprobaremos…
―¿Por qué estás tan irritado conmigo?
―Estoy cansado… Viajar en el dos ruedas me agota. Antes no me importaba hacerlo. Es más, disfrutaba, me sentía cómodo haciéndolo. Pero mi cuerpo no es el que era…
―Tienes 40 y algunos. No creo que tu cuerpo esté tan decrépito.
―¿Qué significa decrépito?
―Persona de edad avanzada que tiene las facultades físicas o mentales disminuidas.
―Tanto como eso, no. Solo que noto cómo pasa el tiempo. Habré dormido dos días en esa cabaña, pero me siento exhausto… No me recupero igual que hace cinco años. Y supongo que pasados esos años, será más acentuado. Es ley de vida… pero creo que va siendo hora de cambiar de vehículo.
―¿Cómo vas a conseguirlo si no tienes lo suficiente para comprarlo? Siempre puedes volver e intentar hablar con…
―¡Te dije que no me lo volvieras a repetir! ¡Nunca! Cierra la boca, o por donde sea que salga tu voz, y no vuelvas a decirme nada al respecto, ¿entendido?
―Recibido.
A lo lejos, una cordillera de tonalidades ocres se alzaba rodeada por un bosque pequeño y espeso de árboles y plantas oscuras. La interminable recta pasaba a unos metros de él.

Trascurrida una hora, llegaron al comienzo del primer grupo de árboles que se adentraba en la espesura y se detuvieron.
―Mucha vegetación, aunque parece en las últimas. Debe de haber algo de agua en este bosque ―dijo el hombre bebiendo, a través de la máscara, la poca agua que le quedaba.
―Es muy probable dada la geografía. Puede que con suerte un pequeño manantial o riachuelo. ¿Deseas que nos desviemos del camino y entremos?
El hombre le mostró la botella vacía.
―No sé tú, pero… yo necesito agua para vivir. Aún quedan demasiados kilómetros hasta el País del Viento Ámbar y no creo que aguante sin desmayarme. Creía que me quedaba más agua… por lo que hay que probar suerte en este bosque. En marcha. Protocolo de rastreo, 0.
El dron extendió su visor y tomó la delantera, internándose en el mortecino bosque.
El enmascarado, desenfundando su pistola, lo siguió. Revisó el cargador. Estaba completo.

 

Log 03

Los árboles altos y secos apenas rebajaban la asfixiante temperatura del angosto bosque. Las raíces alzadas, nudosas y firmes provocaban un molesto y continuo traqueteo sobre el dos ruedas, lo que obligaba al hombre a balancearse constantemente para no caer.
Un sonido agudo y metálico emergió de la espalda del enmascarado.
Miró atrás, se detuvo y desmontó del vehículo.
Más adelante, 0 dejó de avanzar y giró 180º.
―¿Ocurre algo? ―dijo el dron, desplegando el objetivo al máximo en dirección al hombre.
―No es nada. ―Hizo una señal con el brazo desarmado―. Sigue buscando agua. Voy a descansar aquí un momento, luego te alcanzo.
0 lo observó durante unos segundos, sin hacer ningún movimiento. Resplandeció una luz azul bajo su visor. Dio media vuelta y se adentró en la oscura espesura de madera y hojas resecas.
El enmascarado se aproximó a un gran árbol y se reclinó sobre la cuarteada y ennegrecida corteza.
El pitido seguía sin cesar.
Abrió la mochila y sacó la tableta gris. Estaba encendida y emitía el incesante y penetrante sonido.
―No, otra vez no… Te desconecté. Sé que te desconecté la última vez que te utilicé. No me hagas esto… ―susurró agachando la cabeza―. No… no es justo…
En el menú principal había un archivo de vídeo llamado:

¿X?

―¡¿Cómo apareces?! ¡¿Cómo lo consigues?! ―dijo con voz casi ininteligible.
Observó a su alrededor.
Árboles. Solo árboles en un suelo cicatrizado y semidesnudo.
Tan solo sonidos que provenían de quebradizas ramas y hojas.
No había rastro alguno de animales o criaturas… y una hormiga rojiza, del tamaño de su mano, pasó junto a sus pies.
Al llegar a la altura de la cadera, se detuvo. Alzó su reluciente cabeza en dirección a la del hombre, mientras movía las puntiagudas mandíbulas y sus antenas largas y flexibles.
El enmascarado la observaba. Esta parecía devolverle la mirada, inclinando de un lado a otro la cabeza.
El hombre dejó la tableta electrónica con suavidad en el suelo, alzó la mano, y tomó la mochila sin hacer ningún movimiento brusco.
El insecto continuaba mirando al viajero, lejos de inmutarse.
―No deberías acercarte a nada vivo que no puedas matar, pequeña, y menos aún a un ser humano. Te quitarán la vida… aunque no necesiten alimentarse de ti. Te aplastarán por la diversión de ver y sentir cómo crujes bajo sus raídos zapatos ―dijo rebuscando en la bolsa. Sacó un pequeño trozo de carne ahumada, oscura y salada y, con cuidado, intentó situarla frente al animal.
Mientras depositaba la comida, el insecto rojo y brillante no hizo ningún tipo de movimiento de retirada o precaución, solo observaba agitando las antenas. Retiró lentamente su mano y la hormiga se acercó a la dura carne. La tocó con sus antenas en distintos puntos y se sobresaltó dando varios espasmos. Con sus fuertes mandíbulas la sujetó y la alzó. Miró al hombre y contrajo las antenas tres veces de forma rítmica.
El enmascarado contemplaba a la hormiga cómo seguía haciendo el acompasado movimiento de contraer las antenas tres veces. Puso la mano frente al insecto y replicó con dos dedos el movimiento que le hacía el rojizo insecto con insistencia.
La hormiga, al parecer captar el gesto del hombre, volvió a hacer el movimiento con las antenas, dio media vuelta y se alejó a paso veloz, bajo la atenta mirada del viajero.
Una vez que el insecto había desaparecido, el enmascarado sacó unos diminutos auriculares negros de la mochila y se los colocó. Sujetó la tableta de forma horizontal con ambas manos y, durante un momento, contempló el suelo.
Observó a izquierda y derecha, con suma lentitud.
Contempló el cielo tapado por las ramas entretejidas.
Pulsó sobre el icono del vídeo y este comenzó a reproducirse.
La respiración del enmascarado se aceleraba con cada latido y segundo, con cada nueva imagen.
Las inhalaciones y exhalaciones eran más cortas, rápidas y audibles.
El pulso le temblaba de forma visible. El torrente sanguíneo palpitaba de forma cavernosa en sus oídos.
Con una mano frotó con fuerza su rostro, como si deseara desfigurárselo.
Intentaba apartar la mirada de la pantalla, pero le era imposible.
Tras decenas de destellos que iluminaban su máscara, la pantalla se volvió negra. El vídeo había terminado tras 9 minutos y 33 segundos.
La tableta cayó de sus manos sin fuerza.
Bajó los brazos, se deslizó lentamente por la base del árbol y quedó inmóvil, como un herido terminal de guerra.
Junto a un subsónico pitido sostenido, el sonido desapareció.
Silencio.
Alzó la vista.
Los árboles se retorcían intentando devorarse y fusionarse entre sí. Puso la mano derecha sobre el pecho. Sentía como si alguien le estuviera comprimiendo rítmicamente las costillas. Pero, allí, en esa cárcel de madera, junto a él, no había nadie.
Se concentró. Se obligó a respirar cada vez con mayor lentitud y pausa. Comenzó a quitarse la oscura máscara sin orificios que le cubría rostro y cuello. Introdujo ambos pulgares por la base y la subió hasta el principio de la barbilla. Pareció reflexionar y volvió a bajarla.
Minutos después, consiguió estabilizarse y volvió a reclinarse despacio en el árbol. Escuchó el crujir de la corteza contra su espalda.
0 apareció por su izquierda, levitando entre los árboles.
―¿Te encuentras bien? ―dijo al situarse a la altura del rostro.
―Sí… Solo necesito agua y comer un poco.
―A lo lejos parecía que te ocurría algo ahí tumbado. ―Señaló a la base del árbol con la pinza derecha.
―No es nada… Estaba cansado y me he echado en el suelo un rato.
El dron le observaba contrayendo el visor.
―Más adelante he visto una gran charca. El agua está bastante limpia. Debe de ser una filtración del subsuelo.
―¿Crees que puede estar maldita…? ―dijo el hombre, metiendo los objetos en la mochila, y se puso en pie.
―Pensaba que no creías en esas cosas.
―Y no creo. Tú lo llamas así, y mucha gente también. Parece que todo está maldito en este jodido mundo desde que la tierra escupió fuego. Si le preguntas a alguien por qué esto o lo otro está maldito, te cuenta historias de charlatanes que son difíciles, o casi imposibles, de demostrar. Historias simples… para mentes simples… Tengo la sensación de que hay algo más que cuentos fantásticos y de terror.
―Pero si no crees ¿por qué ha sido lo primero que me has preguntado sobre el agua?
―Porque siempre que te pregunto por el agua, o por un sitio al que debo ir y nadie va o ha ido por sus miedos, me sales demasiadas veces con que está maldito. Me mientes o eres tan conformista, ciego y sordo como ellos.
―Solo intento protegerte utilizando los datos de que dispongo.
―Datos que creen en sitoes que secuestran o descuartizan a niños mientras duermen, pero que, sin embargo, nadie los ha visto jamás hacerlo… Gente que enferma porque no pide y se doblega lo suficiente ante su Híryth… Datos de personas que… ―Agachó la cabeza y negó―. Dejémoslo, 0… ¿Cómo es la situación en la charca?
―No hay animales muertos ni plantas que indiquen nada irregular. Todo parece correcto.
―Al menos una buena noticia… En marcha, muéstrame el camino.
Después de esquivar cientos de árboles y ascender varias lomas, llegaron a un claro del bosque en el que se hallaba la charca. Era un gran agujero surcado por unas pocas hojas resecas casi inmóviles y bordeado por unas piedras blancas, erosionadas y afiladas que daban la sensación de custodiar y advertir de alguna amenaza oculta.
Un canto remoto e intermitente, de algún pequeño animal, era el único sonido audible de la fauna del lugar.
El enmascarado desmontó del dos ruedas y alzó la pistola mientras se aproximaba al rocoso borde puntiagudo. La orilla descendía de forma abrupta tras unos pocos metros. Un abismo circular, donde la luz no lograba penetrar, coronaba el centro de la oscura masa acuática.
El hombre se dio la vuelta en dirección a 0.
―Como salga, algo, lo que sea, de ahí, para atacarme mientras consigo agua, te prometo que el primer disparo llevará tu nombre.
―¿Por qué iba a ser culpa mía lo que salga de ahí?
El hombre se quitó la mochila y la apoyó en el suelo. Sacó la tableta y una pequeña bolsa de tela con varios objetos. Comprobó rápido algo en la tableta y volvió a guardarla en la mochila.
―Tienes razón, no sería culpa tuya. Llena por mí las botellas de agua que hay en la bolsa, hazme el favor. Dentro tienes todo lo necesario.
El dron contrajo el visor, se acercó a la bolsa llena de bártulos y tomó un bote pequeño.
―¿Y esto para qué lo uso?
―No te hagas el sorprendido, lo has hecho alguna que otra vez. He escuchado una rana por los alrededores de la charca. Parece que ―examinó el cargador de la pistola, continuaba lleno―, por el territorio, es una ámbar o alguna similar. Y, si hay una, puede haber más. Ya sabes qué hacer.
―Me llevará horas todos los procesos.
―No te preocupes, 0, las tienes. No tengas prisa.
―¿Qué vas a hacer?
―Quiero ver si hay algo de comer que no sean unas simples patas de rana. No me suelen sentar muy bien, si puedo evitarlas, lo pienso hacer.
El hombre fue alejándose por el claro, hasta que los árboles lo volvieron a engullir lentamente.
0 lo observaba lanzando el habitual juego de luces y movimientos de visor. La luz que se encendió, bajo este, era roja.

Una ligera brisa recorrió el bosque, arrancando, sin esfuerzo, las hojas marrones, enroscadas y cuarteadas de los árboles.
Nubes grises invadieron el cielo, apagando aún más la textura mortecina del paisaje.
Una rana avanzaba a los pies de los árboles del lúgubre bosque, pisando y machacando con cada salto las frágiles y oscuras hojas caídas sin vida. La cabeza, al igual que las patas, era de un apagado color ámbar, el resto del cuerpo mostraba un tono parduzco casi negro.
Apenas croaba. Quizás por timidez. Quizá por precaución.
Salto a salto, se situó en el borde del claro que llevaba a la charca.
Aprovechando el refugio que todavía le ofrecía el bosque, miró espasmódicamente en distintas direcciones. Buscaba algo, o algo esperaba no ver. Salvo la masa de agua y los objetos que había dejado el hombre, allí no se apreciaba nada más. Nada ajeno a su día a día.
Parpadeó, volvió a mirar y esperó.
Silencio.
Croó dando el primer y gran salto en dirección a la charca, renunciando a la seguridad del árbol que la camuflaba.
Con las cinco extremidades despegadas del suelo, en el punto más álgido del impulso, notó súbitamente cómo la visión le abandonaba. Su cuerpo comenzó a convulsionar y a exudar una espuma amarillenta, mientras caía de forma brusca y su conciencia se extinguía.
Golpeó con violencia contra el suelo.
Un cuchillo negro de doble filo le atravesaba la cabeza, desde el centro de sus negros ojos, pasando por sus seccionados cerebro y boca, hasta clavarse de forma perfectamente vertical en la sucia tierra negra.
Levitando sobre la cabeza del anfibio, el dron sujetaba el cuchillo incrustado con ambas pinzas. Lo extrajo a una velocidad casi imperceptible, lanzando un haz de líquido grumoso y espeso de tonalidades que oscilaban entre negra, roja y verde.
0 descendió a nivel del suelo. El difunto animal era casi tan grande como él. Enfocó el visor hacia el bosque y esperó observando.
Nada.
Silencio.
Arrastró a la presa, por dos de sus patas traseras, junto a la charca, dejando un tenue reguero de espesa sangre, y la depositó donde empezaban las primeras piedras blancas afiladas.
Agarró el tarro con una de las pinzas, lo destapó, y tomó un pequeño palo de madera sin corteza. Con cuidado, comenzó a impregnarlo con la espuma que había brotado de la piel del animal. Acto seguido, introdujo la pegajosa secreción en el tarro.
Fue un proceso lento que repitió decenas de veces.
Tras haber retirado del animal toda la amarillenta secreción, 0 se alejó a la otra punta de la charca y lavó sus pinzas y el cuchillo con abundante agua.
Volvió a la zona de los bártulos y, tomando los demás objetos, se situó a ras del agua en la orilla.
Durante un rato, observó el negro centro de la charca.
Pequeñas burbujas nacían de las profundidades, de forma lenta e irregular.
Enroscó un embudo de polímero en la parte superior de un tubo ―trasparente en ambos extremos y colores vivos en el centro―, y lo sumergió por completo. Lo extrajo a rebosar de agua, esperó a que esta dejase de gotear, e introdujo el extremo fino del tubo dentro de la botella.
No ocurrió nada.
Pero, al cabo de unos segundos, poco a poco, gota a gota, el agua comenzó a filtrarse a través del mecanismo de materiales de colores variados, y empezó a precipitarse por el otro extremo del tubo a la botella.
El dron volvió a sacar el artilugio de la botella y a sumergir el embudo en la charca.
Hizo el proceso varias veces para rellenar cada botella.
Una vez llenadas las tres botellas y limpiado el batracio de todo resto burbujeante, lo abrió en canal y extrajo todos los órganos. Hizo varios cortes alrededor del cuerpo y tiró de la piel, despegándola con gran habilidad. Cortó al animal en ocho grandes trozos.
En la lejanía, oyó croar a otra rana. Parecía aproximarse a la charca.
―Vuelta a empezar ―murmuró.

 

Log 04

El hombre recorrió el angosto bosque hasta divisar, entre los árboles, una cerca baja de madera quemada y desconchada por el sol. Pertenecía a una casa de pequeñas dimensiones de madera vieja y techo bajo. En el patio había un tocón bañado en sangre reseca de incontables tonalidades. Pelos de todos los tamaños y colores abrigaban la corteza muerta carmesí. Un hacha incrustada, de mango curvo y filo reluciente, coronaba al teñido tocón.
―¿Hola? ―dijo el enmascarado desde la puerta desencajada de la cerca, en dirección a la puerta marrón cerrada de la casa.
Apoyó ambas manos en una zona de la valla donde no había alambre de espino oxidado y esperó.
Silencio.
Tras la puerta, se produjeron varios ruidos de cerrojos. Lentamente, esta se abrió, mostrando una leve abertura.
―¿Quién eres? ¡¿Qué cojones quieres?! ―dijo una voz rasgada y masculina desde el interior.
―Trueque ―dijo levantado los brazos en ángulo recto.
Una pistola negra, en magnífico estado de conservación, asomó por la abertura mientras se abría la puerta del todo. La empuñaba un hombre de avanzada edad, delgado pero de constitución atlética. Le faltaba el ojo derecho y no lo ocultaba. Sus ropas estaban sucias y hechas jirones.
―¿Qué clase de trueque y qué haces en mis tierras? ―dijo desde el porche, apuntando al pecho del enmascarado.
―Necesito un poco de carne y, si pudiera ser, algo de agua ―dijo mirando hacia el tocón―. Me dirigía al país de aquí al lado, pero necesitaba agua y comida con urgencia, y me interné en este bosque situado junto al camino. El calor en este territorio es muy intenso. Deshidratado y con el estómago vacío, temía quedarme indispuesto mientras viajaba.
El tuerto hizo una mueca.
―No me extraña que tengas calor con la capucha esa que llevas. ¿No serás un ritualista raro de esos, no?
―No se preocupe, no lo soy.
―¿Y por qué la llevas?
―Dejémoslo… en que necesito llevarla…
Silencio.
―Ya… Bueno… en verdad no es asunto mío. ¿Qué tienes para negociar?
―Tengo munición y una navaja, aunque no está afilada.
El tuerto jugueteaba moviendo un pequeño palo negro con la lengua. Negó con la cabeza y la pistola.
―No, no. No me interesa esa mierda de navaja… y de balas voy bien. ¿Tienes cloro?
―No.
―¿No tienes más cosas?
El viajero bajó el rostro unos segundos.
―Puedo darle un sobre de ProtN9.
El viejo entrecerró los ojos y chasqueó la lengua.
―Me estás tomando el pelo, ¿a que sí? ―Sonrió sorprendido.
―No. Se lo puedo mostrar, si quiere.
―Vale. Pero despacio, muy despacio, ¿eh, joven? Tengo el dedo muy sensible y no te gustaría darle un susto porque, entonces, todos nos asustaríamos ―dijo bajando las escaleras del porche y se situó ante la herrumbrosa verja.
El hombre, con tranquilidad, se puso la mochila apoyada en el pecho y empezó a abrir uno de los pequeños bolsillos laterales. Deslizó la cremallera despacio y dejó al descubierto un sobre blanco con rayas verdes de medio palmo de tamaño. Lo sacó con la mano izquierda y se lo enseñó por ambas caras.
―Cojones, no está abierto. Es sorprendente, joven, hacía años que no veía uno… ¿Qué me impide pegarte un tiro y quitarte todo lo que llevas en la bolsa?
―Que, para intentarlo, solo tendría el tiempo de una bala antes de que yo desenfunde. ―Con suavidad, retiró su larga y fina chaqueta gris de polímero y mostró la pistola en la pernera derecha―. Puede que esté lleno su cargador, o puede que no. Pero es innegable que su percepción no es la más precisa para acertar en un blanco a la primera, incluso a esta distancia, incluso amartillando la pistola… Jugarse la vida por un sobre y lo que pudiera haber dentro de mi bolsa… podría costarle más de lo que vale… Si me dispara y no me mata a la primera… le puedo asegurar que… yo sí lo haré.
Silencio.
El tuerto lo observó tensando la mandíbula. La mano le temblaba, pero el dedo en el gatillo se mantenía firme. Relajó el rostro y lanzó una carcajada.
―Maldita sea, joven, tienes los cojones más grandes que un toro.
―¿Un qué?
―Sabes cómo negociar, ya lo creo que sí. ―Sonrió bajando la pistola―. Tengo bastante agua y varios conejos ahumados hace un par de días. Es lo mejor que puedes encontrar en este bosque de mierda. Pasa y cierra la puerta.
El enmascarado subió las escaleras podridas y flexibles del porche, se volvió hacia el tocón una vez más, entró en la cabaña y cerró la puerta.
Los hombres estaban sentados, en dos sillones de mimbre, en la amplia estancia principal. Paredes y techo poseían una madera barnizada, anaranjada y antigua pero cuidada. Una chimenea de piedra, con restos de madera y carbón, estaba situada en el centro de uno de los laterales. Dos puertas, en paredes distintas, se encontraban cerradas.
Sobre una mesa de madera maciza habían depositado las respectivas pistolas, el sobre de ProtN9, un plato metálico lleno de conejo ahumado y dos botellas de agua.
El tuerto, asombrado, sujetaba el sobre.
―Es una rareza, joven. Esto te puede salvar la vida en un momento de apuro. Joder, ya creía que no quedaban.
―Quedan muy pocos. Cada vez los veo con menos frecuencia.
―Pero ¿qué sitoes lleva esto? ¿De qué está hecho? Porque, cuando se prepara, parece cosa de magia. Una comida que no se echa a perder en décadas… a mí siempre me ha parecido algo raro… demasiado. Reconozco que siempre que como uno… me da un poco de repelús.
―Al parecer, lleva los compuestos necesarios para una alimentación completa.
―¿Y esos cuáles son?
―Pues, según dicen, lleva frutas, verduras, legumbres, cereales, carne y más cosas.
El viejo rió otra vez y se golpeó varias veces el muslo con la mano.
―Pero si solo son unos polvos. ¿Cómo van a llevar todo eso que dices y más? Además, la mayoría de cosas que has dicho ni existen o son casi imposibles de conseguir, joven. Sea lo que sea, la verdad es que es un tesoro enviado por Híryth… como todo lo bueno del mundo… aunque sea poco… Por cierto, me llamo Sérel ―dijo tendiéndole la mano.
―Pasado… ―Estrechó el antebrazo del hombre.
―¿Qué clase de nombre es ese?
―Uno como cualquier otro, supongo.
―La verdad es que sí. ―Sonrió, se echó un trozo de conejo a la boca y lo masticó ruidosamente.
El enmascarado señaló a la pistola del tuerto.
―¿Puedo?
―Claro.
Sérel tomó el arma y extrajo el cargador. Tiró de la corredera y esta escupió una bala que, con gran habilidad, apresó con la mano izquierda. Le ofreció la pistola por la culata.
―Es un arma magnífica ―dijo el enmascarado al empuñarla―. Nunca había visto una igual. Su estado de conservación es asombroso. El mango ergonómico acepta la mano de forma cómoda y firme. «Jericho 941, fabricada en Israel» ―leyó―. ¿Dónde está Israel?
―Ni pajolera idea, Pasado. Lo único que sé, es que Los Erigidores Ancestrales seguro que lo sabían. Como todo lo que hay que nadie sabe cómo cojones se fabricó o cómo coño funciona. Lo sabían todo.
―¿No le parecen leyendas?
―¿El qué?
―Los Erigidores Ancestrales. La mayoría, cuando usan o encuentran un objeto raro o desconocido, hablan de ellos, pero nadie los ha visto nunca.
―Es cierto, pero las cosas no se crean solas. Alguien las tiene que pensar y fabricar. Mira la pistola que tienes en las manos, es una obra maestra. Esta calidad hace generaciones que cada vez se ve menos. No conozco a nadie que fabrique algo así. Hace un par de semanas fui al país a hacer trueque… El caso es que vi unos cuchillos y unas pistolas caseras que no sabía si echarme a reír o llorar. Jamás dispararía un maldito cartucho con esos artilugios. Seguro que la mano me explotaría en cien pedazos. Eran una auténtica diarrea de billo.
―Eso lo comprendo y lo comparto, pero no demuestra nada sobre Los Erigidores Ancestrales.
―Claro que sí, joven. Esas habilidades y los materiales que se usaban antes son imposibles de recrear hoy en día.
―Pero ¿cómo sabe que lo hicieron supuestos seres superiores con poderes mágicos?
―Es posible que… no se me ocurra otra explicación mejor y lo que dice la gente encaja. ―Rió―. Además, ¿no tienes la sensación de que se nos escapan la mayoría de cosas que vemos y utilizamos? En cualquier lugar… a cualquier hora… La mayoría de objetos no sabemos ni usarlos. Y, cuando se rompen, solo unos pocos consiguen arreglarlos, y de aquella manera… Demasiadas cosas no encajan en demasiados sitios.
―Es una sensación que tengo a diario… Por eso me gusta aprender algo nuevo cada día si puedo. Buscar la verdad y la realidad de las cosas, de las personas… Intento poner en duda todo lo que no se pueda demostrar con hechos. Y, si encuentro esos hechos, actúo en consecuencia adoptando la información y la lección que me ha ofrecido.
El tuerto paró de masticar mientras lo observaba.
―Hablas muy bien, joven. El mundo necesita más gente como tú, ya lo creo.
―Gracias, Sérel. Por curiosidad, ¿tiene vasos de cristal?
―¿Eres tan recatado que necesitas beber en un jodido vaso de celebración? ―Sonrió.
―No, no es eso. Tengo algo que merece un recipiente de calidad. Lo saco solo para ocasiones especiales, Sérel.
―¡¿No?! ―Rió casi desencajado―. ¡¿No me digas que también tienes algo de alcohol?!
―Sí. ―Sonrió―. Me ha recibido en su casa y me está tratando bien. Es lo menos que puedo hacer, Sérel.
El viejo aplaudía y reía con el ojo cerrado.
―En esa puerta ―señaló―, está la cocina. Al entrar, hay un armario con algunos vasos.
El hombre fue y al poco trajo dos vasos con claros signos de desgaste.
Sacó, de uno de los bolsillos de la mochila, una pequeña botella verde y sirvió su contenido. Era un líquido denso y marrón de olor nauseabundo.
―¿Qué es? ―dijo el viejo con mirada expectante.
―No tengo ni idea ―sonrió Pasado―, pero lo importante es que es fuerte y deja un agradable sabor dulzón.
―¡Por las nuevas amistades! ―dijo Sérel brindando.
El tuerto bebió de un trago lo que fuera aquello.
―Y las antiguas.
Pasado se levantó la máscara, hasta la base de la nariz, para poder beber.
Ambos lanzaron un sonoro quejido y tosieron de forma demencial.
―Otra ronda más, Pasado, venga, ¡te doy otro conejo más por el trueque! ¡Tengo unos recién cazados esta misma mañana!
―Acepto su oferta con gusto.
Volvieron a chocar los vasos y a beber.
El tuerto relamió el vaso y lo dejó en la mesa.
Silencio.
―¿Tiene esposa, Sérel?
―Tenía… M-murió hace tiempo. Que Híryth la tenga en zu corazón…
―Siento su pérdida…
―No tiene importancia, fue hace mucho… Joder, Pasado, muy dulce esto no eztá. Ez bastante amadgo. Es de las bebidaz más fuertes que he pobado en mi vida ―dijo sonriendo.
―Y que, posiblemente, volverá a probar…
El tuerto lo miró arrugando el ceño.
¿Pod qué dices ezo, Pazado? ―dijo llevándose la mano izquierda a la frente.
―Tengo que disculparme con usted, Sérel, antes no he sido sincero… No necesitaba ni agua ni comida. He visto la charca que hay a unos kilómetros de aquí. Ahora mismo mi dron estará con el tema de las provisiones.
Sérel lo miraba pestañeando lentamente. Su mano cayó sin fuerza sobre su vientre. Intentó abrir la boca, pero le resultó imposible.
―Se preguntará por qué me he adentrado más aún en el bosque y no he vuelto al camino, si ya disponía de las provisiones que necesitaba. También, y supongo que es lo más desconcertante, por qué ahora nota que está cada vez más paralizado. Las dos preguntas tienen una misma respuesta… un mismo motivo… Usted.
El tuerto empezó a observarlo con más atención, aunque tenía serias dificultades para fijar la vista.
―Ha empezado a hablar con dificultad por el veneno en polvo de rualk mezclado con el de serpiente ónice que he puesto en su vaso. He debido de calcular mal su peso y ahora está más aturdido y paralizado de lo que pretendía, discúlpeme. En unos minutos seguirá paralizado, pero ya no tendrá esa sensación de mareo. Incluso podrá hablar, pero no moverse del todo durante un buen rato.
Pasado se levantó quitándose la chaqueta y la depositó sobre la mesa. Tomó la Beretta y comprobó que el cargador estaba lleno.
Se acercó a la puerta que permanecía cerrada.
Bajó el picaporte y la puerta crujió al abrirse.
Era una habitación de matrimonio con muebles deteriorados. Dio un fuerte pisotón sobre el suelo de madera mientras observaba el impacto en las tablas.
Recorrió la cabaña dando un fuerte pisotón cada dos o tres pasos. Pisó toda la superficie del suelo de madera y volvió a sentarse junto a Sérel.
Silencio.
El viejo lo miraba a través de su único ojo marrón, con una expresión mezcla de horror e incomprensión.
―No… no parece de esos, Sérel. ¿O sí…?
El hombre se rascó la frente unos segundos. Se levantó y fue hacia la puerta de entrada.
Sérel lo siguió con el ojo, hasta que lo perdió en su campo visual. Oyó el sonido de la manivela al girar y un portazo.
El plateado reflejo del sol en el hacha bañó el rostro del enmascarado nada más salir.
Miró a izquierda y derecha del porche.
Fue hacia la parte trasera de la cabaña.
En el suelo, junto a la pared de madera, encontró una lona de color azul con troncos encima, una pala y un pico desgastados.
Apartó todos los objetos y retiró la lona. Descubrió dos pequeñas puertas de madera con asas circulares oxidadas.
Tiró de una de las asas. No ofreció resistencia y abrió ambas puertas.
Tras una neblina de polvo, apareció una escalera de madera. Se adentraba en las profundidades de la tierra.
En los primeros escalones, colgada de la pared, una linterna verde y desgastada pendía de su hilo sujeta a un clavo doblado. El enmascarado bombeó el pequeño mecanismo un par de veces, lo encendió, y penetró en el estrecho subterráneo, donde reinaba la más absoluta negrura.
Descendió varios metros hasta que la carcomida, crujiente y podrida escalera llegó a su fin. Y avanzó por el pasillo.
El calor y la humedad viciaban el artificial y lúgubre túnel.
Mantuvo el cauto avance, pistola en mano.
Innumerables raíces sobresalían de las paredes y el techo del oscuro, irregular y opresivo pasadizo.
―Parecen miles de dedos que aguardasen estrangular cualquier cosa que los roce… ―susurró enfocando a una de las raíces, mientras que con precaución la tocaba a su paso.
Se detuvo, dio rápido media vuelta y apuntó.
Nada.
Continuó adentrándose en aquel asfixiante lugar.
No se escuchaba nada en absoluto, tan solo sus pasos que arrastraban la tierra.
Alumbrando hacia lo más profundo de la cavidad, traspasando los rayos de luz los siniestros dedos de madera, distinguió una pared.
Al llegar a ella, lo obligaba a seguir su camino, girando a la izquierda.
El pasillo dio paso a una pequeña y austera sala. Tras unos cartones viejos situados en el centro y puestos de forma vertical, se intuía, por uno de los lados, el borde de una cama artesanal hecha de troncos.
El hombre llevó la mano de la linterna a la nariz y tosió un par de veces.
―Joder ―susurró exhalando.
En una esquina, un cubo metálico contenía una mezcla de desechos con texturas y olores vomitivos. En otra, junto a los cartones, un círculo de velas altas, rodeadas por cera derretida, iluminaba tenuemente la habitación.
Se aproximó despacio hacia los cartones, con la pistola en alto.
―¿Q-quién eres…? ―dijo una voz femenina sin apenas fuerzas―. Sé que no eres él… N-no andas como él…
El hombre detuvo su avance. No tenía ángulo de visión. Puso una postura corporal más rígida, apuntó hacia los cartones y tensó el dedo sobre el gatillo.
Avanzó, hasta que pasó junto a los picados cartones, y se acercó a la cama.
La linterna y la pistola comenzaron a temblar, mientras bajaba el arma despacio. Se tambaleó hasta que chocó su espalda contra la pared.
En la cama había una mujer joven, de cabellos rubios, desnuda, sin brazos, sin piernas ni ojos. Las cicatrices y los muñones eran irregulares.
―Dime quién eres… Eres… ¿Eres de los suyos…? ―dijo la joven, orientando la cabeza hacia el hombre.
Silencio.
―Por favor… dime algo…
―N-no… No lo soy ―dijo el hombre al fin con un hilo de voz.
―Entonces… por favor… te lo ruego… ¡mátame…! Te lo suplico… libérame… ―dijo sollozando.
El hombre miraba al suelo. Intentaba alzar la cabeza, pero era incapaz de hacerlo.
―¡Por favor! ¡Mátame! Mátame…
―Te… ¿Te llamas… Ílekan… y tu… tu madre es Théliana?
La joven dejó de lamentarse.
―Sí… ¿Cómo lo sabes?
―Me… me enteré… Unas personas hablaban de la desaparición de una chica…
―¿Mis padres? ¿Te mandan ellos…?
―No, lo siento…
Silencio.
―¡Él!, él me secuestró.
―¿Sérel?
―Sí, ese malnacido… Mira… mira lo que me ha hecho… Por favor… acaba conmigo… Esto… esto no es vida… no es nada… Si supieras cómo me hizo esto… lo que me hace todos los días… ¿Lo has matado…?
―No… Necesito que responda a unas preguntas. Es… es importante…
―Me da igual lo que hagas con él… No… no me quedan fuerzas para odiar… no me quedan fuerzas para nada… pero mátame… mátame ya… por favor…
El hombre continuaba temblando.
―Ílekan… dame unos minutos y regresaré.
―No… por favor… no me abandones… No me dejes aquí… Llevo años… vidas así…
―Te prometo que volveré pronto… Te… te haré unas preguntas… después, tú decides. Te lo prometo.
―¿Para qué… unas preguntas…?
―Confía en mí, Ílekan.
―Vale… vale… confiaré en ti… ―dijo sonriendo amargamente.
Junto a la cama había una caja de madera grasienta y una botella con un poco de agua.
―¿Te apetece beber… un poco de agua, Ílekan? ―dijo con dulzura, observando por primera vez el rostro mutilado por decenas de cicatrices.
―Sí… gracias…
Tomó la botella y puso en su regazo a la mujer, lo que quedaba de ella. Le dio de beber y volvió a acostarla con cuidado.
―Aguanta un poco más, Ílekan, no te abandonaré.

Sérel escuchó de nuevo la puerta abrirse y cerrarse.
El enmascarado se acercó despacio al tuerto y se sentó.
―Vengo… ¡¿Sabes de dónde vengo, Sérel?!
―N-no… n-no lo sé ―dijo el viejo, balbuciendo entre saliva. Su ojo estaba vidrioso.
―Bien, ya puedes hablar… Mejor… ¿No sabes de dónde vengo? Me has tenido que oír al abrir las puertas de la parte trasera de tu cabaña. Esas que llevan a ese sótano tan hospitalario…
Sérel rompió a llorar.
―¡Lo siento, yo no quería! N-no… de verdad. ¡Por Híryth, tienes que creerme!
Pasado se inclinó llevando las manos a la máscara y apoyó los codos en las rodillas.
Estuvo un rato así, mientras el tuerto gimoteaba intentando pedir disculpas.
―¿Por qué? ¡¿Por qué lo hiciste, Sérel?! ―dijo retirando las manos de la máscara.
―M-me… me lo ordenaron.
―¡¿Quiénes?!
―N-no… n-no… No puedo decirlo, no puedo, ¡me matarían!
―Dímelo, Sérel, o te enseñaré que puedo hacerte cosas peores que la simple y llana muerte…
El tuerto dudó y parpadeó repetidamente.
―¡Vale! Vale… Pero, si te lo digo, prométeme una cosa…
―¿Cuál?
―¡Tienes que ayudarme! En cuanto sepan que te lo he dicho… vendrán a por mí…
―Habla, Sérel… y haré todo lo que pueda.
Silencio.
―Me dijeron que… necesitaban una hembra. Alguien digna de ellos y que en el país encontraría la que buscaban. Fui y contacté con un hombre que se llamaba Sabega. Me dijo que una unúlit rondaba por una calle de vez en cuando, que tenía fama de hacer de todo… Le pagué por la información ―el enmascarado escuchaba sin mover un solo músculo―, esperé a Ílekan donde él me dijo… la… la engañé y la secuestré… La secuestré… ―Sollozó con la cabeza agachada―. Alquilé un viejo carro para poder sacarla del país y la traje aquí, para ellos…
―¿Hace cuánto que la secuestraste…?
―Hará… año y medio o así…
―Te… ¡¿Te comiste sus extremidades?! S-se… ¿Se las comieron ellos?
―¡No! ¡No, por Híryth! No soy un monstruo de esos… Intentó escaparse dos veces. A la segunda… me ordenaron tomar medidas serias con ella. Yo no quería, pero me obligaron a… me obligaron a que le cortase los… y las… ―La barbilla le temblaba.
―No paras de repetir ellos. ¿Quiénes son? ¿Dónde están ahora?
―Están aquí, ¡muy cerca! Me espían… siempre lo están haciendo. No sé cómo, pero lo saben todo sobre mí. ¡Todo! No hay nada que no… no…
Sérel quedó inmóvil, mirando al vacío.
―Termina la frase… Sérel. ¿Qué no hay?
El semblante del tuerto cambió. El horror y el arrepentimiento se trasformaron en serenidad y convicción.
―No te va a decir nada más ―dijo el viejo con decisión y un tono distinto de voz.
―¿Qué?
―Lo sentimos, pero Sérel ya no está entre nosotros… Ahora se encuentra descansando, por el momento.
Pasado se dejó caer con fuerza contra el respaldo del sillón y miró al techo.
―No me digas que eres uno de esos…
―No, ¡somos de esos! ―dijo mostrando y apretando los dientes.
―A lo largo de mis viajes he conocido a muchos como tú, demasiados… Sois una… una antigua plaga que se desvanece lentamente…
Sérel reía relamiéndose dientes y labios. El ojo le eclipsaba el párpado.
―¡No somos nada de eso! Somos seres puros. ¿Nos oyes?, ¡seres incandescentes! Las señales están ahí. Cuando la tierra vomitó luz y fuego hace decenios y decenios… nos maldijo a todos, pero no por culpa nuestra… sino por gente como vosotros, ¡como tú!
―Yo no tengo la culpa de los males del mundo, ¡ni de que seas un desequilibrado que ha mutilado a una joven!
―Claro que la tienes, pero solo ves lo que te conviene. Ella es el recipiente para albergar una nueva forma de vida. Una más primaria y pura… No lo entiendes, ni lo entendéis. ¡Somos la salvación de la humanidad! Antes de que la oscuridad, las enfermedades y las maldiciones asolaran el mundo, había más como nosotros, muchos, miles…
―Lo sé… Conozco las historias… las leyendas. Lo cierto es que muchos de nuestros antepasados sufrieron locura de todo tipo… igual que tú. Nadie sabe por qué… pero tenían comportamientos extraños… Mi padre decía… ―se interrumpió y negó con la cabeza―. ¡Son comportamientos de personas dementes, Sérel!
―¡No somos dementes, maldito idiota! ―dijo lanzando espumarajos―. Somos una nueva forma de libre pensamiento. ¡Jamás llegarás a comprender todo lo que nuestros actos implican!
Pasado se levantó como un resorte y lo señaló con el dedo.
―¡¡Secuestrar a una joven, que no tiene ni veinte años, mutilarla y violarla no tiene razón de ser!! ¡Eres un animal y el que no comprende nada… eres tú!
―Siento que no entiendas los sacrificios que tenemos que hacer… Además, la chica es una unúlit. Está acostumbrada y deseosa de que abusen de su cuerpo… que desprecien todo lo que es por unos litros de agua turbia… unas balas o unos pocos rayos…
―¡Que se gane la vida con su cuerpo no la hace ni menos mujer ni menos persona! La gente como ella hace lo que hace porque, la mayoría de veces, no tiene otra salida. Las obligan a hacer cosas que no sabían ni que existieran… Cosas… que no pensaban que la gente, en lo retorcido de su mente, quiere hacer… ¡No disfrutan de las vejaciones ni de las palizas a las que son sometidas!
―Venga… por favor… si lo piden a gritos, lo necesitan, se les ve en la mirada. Son un producto de… que… ―El rostro de Sérel se relajó. Volvió a recuperar el semblante aterrorizado. Parpadeó y calló.
El enmascarado lo observaba.
―¿P-pasado…? ¿Qué ha ocurrido? ¿E-e-ellos?
―Lo que ha ocurrido, Sérel, es que… no estás bien. Creo que ya lo sabías. Estás enfermo o algo parecido. No sé la razón ni el motivo, pero es como si hubiera varias personas dentro de ti. En varios casos que he visto… las personas no eran agresivas en sus distintas versiones. Más bien, eran más dóciles, amigables e incluso más vitales. Pero en tu caso… es todo lo contrario. Saca… algo… algo oscuro… una parte animal que llevas en tu interior… que te hace cometer atrocidades, Sérel.
―P-pero no es culpa mía ―dijo llorando―. Yo no he elegido esto… Es… como si me despertara sin haber ido a dormir. Es una sensación tan extraña… Unas veces… recupero la conciencia en lugares a los que no sé cómo he llegado. Y otras… no sé cómo he podido hacer las cosas que veo a mi alrededor… A veces, noto como si hablara conmigo mismo, Pasado, como si lo hiciese frente a mi reflejo, pero de forma extraña… porque juraría que es otra persona… No lo puedo controlar… no sé distinguir… Es… es horrible…
―No es culpa tuya, pero tampoco es de Ílekan, la joven que tienes secuestrada y a la que… has mutilado…
―Lo sé, lo sé… ―dijo sollozando y negando.
El tuerto agachó la cabeza mientras unas lágrimas recorrían su rostro y se precipitaban sobre el raído pantalón.
―¿Por qué has venido? ―dijo alzando la mirada―. ¿Por qué te importa tanto esto, Pasado…? El mundo hace mucho que no vale nada. Nadie se preocupa por las desgracias de gente que no conoce… A nadie le importa nada… salvo sobrevivir.
―En eso te equivocas. Apenas hay a nadie que le importe que se haga justicia, lo sé, pero aún hay algunos…
Silencio.
―Entonces, ¿me llevarás al país para que me juzguen? ¿Para que me pudra lo que me queda de vida en una mazmorra? ―dijo relajando el semblante y sonriendo levemente.
―¿Que te juzguen en el país? No. En un mundo sin justicia, no puedes esperar a que te sea aplicada por gente que le da lo mismo su cumplimiento. Además, no sé si conoces a alguien de influencia en el país. Dejaron salir tu carro por la puerta de la ciudad sin inspeccionarlo, es muy probable que compraras a alguien para que mirase a otro lado…
―P-pero has dicho que q-quieres hacer justicia ―dijo extrañado.
―Cierto. Pregúntale a varias personas qué entienden por justicia, Sérel. Cada una te responderá con su propia versión, pero, lo importante es que, casi todas coincidirán en que justicia es dar a cada persona lo que se merece… lo que le corresponde…
―Oh, Híryth mío… ―dijo Sérel, cerrando el párpado, dejando caer una gran lágrima.
El enmascarado sacó la tableta electrónica de la mochila y la puso en la mesa.
―Te voy a mostrar un vídeo y lo vas a ver hasta el final.
―¿Q-qué es?
―Obsérvalo y no tardarás en saberlo.
Tras ver el vídeo, Sérel estaba confuso y sorprendido.
El hombre tomó el dispositivo y lo volvió a guardar.
―¿De dónde has sacado eso? ¿Q-quién me grabó secuestrándola?
―Eso no tiene importancia. Ahora, quiero que solo respondas o no a las preguntas que voy a formularte. Solo con un o un no, ¿lo has comprendido?
―Sí… ―dijo con semblante asustado.
―¿Secuestraste a Ílekan en el País del Viento Ámbar?
―Sí ―asintió con la cabeza.
―¿La encerraste durante meses bajo tu cabaña?
―Sí…
―¿L-la mutilaste… cortándole todas las extremidades y le extrajiste
l-los…? ―Hizo una pausa e inspiró profundamente―. ¿Los ojos…?
―Sí… ―dijo llorando desconsolado―. Híryth mío…
―¿L-l-la violaste… en repetidas ocasiones?
―Sí… sí… creo que sí…
―¿Pensabas matarla?
―No, eso no… jamás.
―¿Asesinaste a tu mujer?
Silencio.
―… Sí…
Sérel tenía el rostro desencajado y la mirada fija de su único ojo puesta en un punto indeterminado del astillado suelo.
―Le… Le… ―Pasado se llevó la mano al rostro enmascarado―. ¿Le hiciste a tu mujer… lo mismo que a Ílekan?
―… Sí… ―asintió.
―¿Has agredido y asesinado a otras personas de forma similar?
El tuerto lloraba inmóvil en el sillón. Los labios le temblaban descontrolados.
―Sí… Lo… siento… Lo siento mucho…
―¿Te hubiese gustado que estas personas… te hubieran hecho lo mismo a ti?
Silencio.
―No…
―Entiendes y comprendes tus actos, Sérel ―dijo Pasado alzándose.
Salió de la cabaña, sin cerrar la puerta, y volvió a entrar al poco tiempo.
Sérel consiguió al fin orientar un poco el cuello en dirección al enmascarado, que se aproximaba por su espalda. Este alzó el hacha que portaba y la clavó con fuerza en la mesa maciza de madera.
El enmascarado se acercó a Sérel y puso las manos alrededor del rostro del tuerto.
Sérel dejó de agitarse y observó con horror al hombre que tenía enfrente.
―Por tus actos… has marcado a otros con la desgracia ―dijo solemne―. Por tus actos… has marcado a otros con la muerte. Por tus actos… la balanza se ha inclinado y sufrirás La Visión del Espejo Oscuro. Abraza el Sombrío Reflejo de tus actos y sus consecuencias.
―¿Q-qué me vas a hacer?
―¿Yo? Nada. Habrás notado que ya puedes mover el cuello. En unos pocos minutos, la parálisis seguirá remitiendo de forma vertical por tu cuerpo. Cuando puedas mover los brazos, vas a tomar el hacha.
―¿Qué…? ¿Para qué?
―¿Quieres vivir, Sérel?
―Sí…
―Entonces, cuando te lo pida, tomarás el hacha.
El hombre apiló palos y troncos finos en la chimenea y encendió fuego con un pedernal.
Fue a la cocina, trajo una sartén antigua devorada por el hollín y la colocó sobre las primeras brasas.
El demacrado rostro del tuerto apuntaba a las perezosas llamas. La mandíbula le temblaba espasmódicamente.
Pasado se reclinó en el sillón y esperó.

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